miércoles, 27 de febrero de 2013

ES MALO AUTOMEDICARSE


ES MALO AUTOMEDICARSE.

Eran como las dos y media de la tarde cuando tocaron a la puerta.
-          Toña,  le gritó Berenice, a la sirvienta. Vaya mire a ver quién llegó.
-          Es Misiá Josefina y Doña Oliva…
-          Qui´ubo, pues queridas, cómo les va. Caminen éntrense.
-          Qué pena a estas horas y nosotras disque haciendo visita.
-          Síganse nos tomamos un tintico, que Aquel acaba de irse y no hay quien nos moleste.
-          Ay no mija, dijo josefina, - yo saliendo de una gripa que me dio, pero casi me mata. Era una sonsera todo el día, una moquiadera y una tos, que mi dios bendito.
-          A mí, fue como la semana pasada. Me cogió de atrás para adelante y si no hubiera sido por unas bebidas que me dio Amantina la vecina mía, me muero.
Las Tres amigas no acababan de entrar a la sala, pero ya estaban enganchadas en una conversa, donde no cabía ni una aguja.
-          ¿Y qué bebida fue la que tomaste vos?
-          Fue una infusión de flores se Sauco con miel de abejas y limón. Hice tres tomas de esa bebida, bien calientes y fue como con la mano…
-          No fregués, es que los remedios naturales, son mejores que tanto químico que están recetando hoy día los Doctores, dijo Oliva.
La dueña de casa terció, diciendo: A mí como no me faltan en el solar: que la yerbabuena, que el cilantro de sabana, que el hinojo, la salvia, la rascadera, el poleo, el yantén, la rosa amarilla, el caracucho, el quinopodio, la manzanilla. Y en la despensa el bicarbonato, los clavos de olor, la canela, el palo santo, los bizcochitos se San Nicolás. Y en el Botiquín, el alcohol, el mercurio cromo, el mejoral, la sal de frutas, la Sal Inglesa, el lilimento, la emulsión de Scott, el mentolín, el alcanfor, la pomada yodes, la pomada Peña, la crema cero y el aceite de higuerilla, el aceite cristal, yodo, calcio, polen, y el incienso.
Y en el nochero el agua bendita de la Virgen de Fátima, la camandula y la novena de la virgen del Carmen.
-          Mejor dicho, dijo Josefina, a vos, con ese arsenal, no te entra ni la guerrilla.
-          Ni los años, dijo Oliva. Mirá como está de pispa y de joven esta Berenice. ¿No te parece?
No mija, es que con ese marido que tiene, cualquiera se rejuvenece. Se parece a mí, con ese zángano, que no sabe sino tomar, trasnochar y mujeriar.
-          ¿Sabes qué es muy bueno para que los hombres aborrezcan la bebida?
-          Qué será mija, contá, contá.
Josefina se arrellenó en la poltrona dispuesta a pontificar sobre el alcoholismo y las otras dos se sentaron en el bordecito de las butacas para estar más cerca y poder escuchar mejor, sin que se les fuera a perder nada de la receta.
-          Ve querida, vos te comprás una mediesita de aguardiente y le diluís una ramita de quinopodio, unas cinco goticas de árnica y dos chorritos de agua bendita  Cuando el hombre llegue a la casa con sus traguitos entre pecho y espalda, le decís: Amorcito, quiero que le des el visto bueno a un cóctel que me enseñó a hacer  Josefina. Y le servís una copita  del brebaje con jugo de naranja. Si le gusta le seguís dando, cada que llegue traguiado. Si no le gusta le cambias de jugo, hoy de limón, mañana de mora, luego de curuba  y así hasta que se tome toda la botella. Con ese remedio los tragos le comienzan a caer tan mal, que él mismo por su propia cuenta  comienza a dejarlo y hasta te vuelve a misa y al rosario.
La visita no paró allí, cada una sacó su lista de recetas y hasta pidieron papel y lápiz para copiar las buenas para los barros de los piernipeludos, que les pone esa piel tan fea.
-          Para eso lo que se está usando es una cucharada de miel de abejas en ayunas, con una puntica de cucharita tintera de polvo de azufre.
-          ¿Y qué será bueno para el hipo?
-          ¿Y para la tortícolis?
-          ¿Y para las almorranas?
¿Y para qué es que es buenos el Romero, la limonaria, el ajo, la penca sábila, la espirulina, el boldo, el anís, la cola de caballo, el casco de vaca, el limón, la naranja agria, el  tomillo, los cogollos de aguacate, la clorofila, la linaza, el toronjil, el ruibarbo, la lengua de vaca, la uña de gato, el marrubio, la sanguinaria, el árnica, el cardamomo, el vinagre de cidra y la mora de zapo…?

-          ¿Cómo así?, ¿es que ya se van? ¿tan lijero? Vuelvan pues, pero sin afanes.
-          Gracias, querida.
-          Se me fue la tarde ligerito, ligerito. 
-          Cuídense mucho y me contás cuando se te alivie el borrachito.

León M.N. febrero de 2013.


EL FINAITO

EL FINAITO.

Con su mamá que poco hablaba, su papá que atendía de mañana a tarde la tienda, y con otros dos hermanos que apenas apuntaron bozo, se fueron a recorre, cada uno por su lado; se crió en la casa detrás de la tienda, a la orilla del camino. Nunca había salido de la vereda.
Creyó que eran mentira las historias que escuchaba a los arrieros que se detenían a tomar aguardiente los viernes en las tardes. Pero cada vez se avivaba más su deseo de bajar hasta la orilla del Cauca a cerciorarse.
No creyó en esos grandes remolinos  formados por las crecientes de invierno en los rápidos del río. Decían los arrieros, que embobaban a los que los miraban detenidamente, hasta que los atraían y los hacían caer al agua y allí se los tragaba.
Se burlaba a solas de la historia de ese enorme bagre que disque una tarde pescó Horacio Vélez. Dicen que midió no menos de dos metros y dizque cuando lo sacó a la orilla, se convirtió en un hombre enorme. Comentan por ahí, que fue el que primero se comió a Blasina.
Siempre pensó – porque él no hablaba- que era un invento eso de que la barca del cruce del río en Cangrejo, en las noches de lunes, se desenganchaba de su polea y se llevaba río abajo y sin regreso, al pasajero que se atreviera a montarse en ella.
Pero quería creer que era cierto que a media noche, la casa de madera y abandonada que había  en la otra orilla, se convertía en el más alegre de los burdeles. Que se llenaba de las más hermosas putas. Que sonaban: porros, cumbias y fandangos, tocados por una orquesta de músicos invisibles.
El martes temprano lo llamó desde el patio, el Negro Ignacio, para que le llevara la escoba de rama, para barrer la tienda. Como no respondió al llamado, Carlota fue y se asomó a la cama y vio, que seguía tendida y que faltaban en el garabato: la ruana y el sombrero nuevo.

León M.N. Febrero 2013.


EL ARRIERO Y LA LÍRICA


El Arriero y la lírica.

Era una madrugada clara. La luna, que había salido tarde de la noche, empezaba a derretirse en el firmamento que poco a poco se teñía de azul. De la huerta y del cafetal llegaba la alegría de los pájaros que desayunaban con plátanos maduros, con duraznos y otros con lombrices en los surcos de legumbres.
Horacio, un grueso montañero traía de cabresto, una mula vieja, y confiados en que recibirían hierba  fresca y caña recién picada, le seguían dos machos y un caballito flaco.
Atendió a las bestias y desayunó con chocolate endulzado con agua de panela, dos arepas delgaditas, calentao, medio aguacate y huevos revueltos con tomate y cebolla.
Se amarró a la cintura la paruma de lona reforzada con cuero y el machete. Se terció el guarniel y una jíquera de cabuya con el fiambre. Se caló el sombrero Aguadeño y cogió el zurriago. Y sacando a la mula vieja de cabresto, la enrumbó para que las demás siguieran detrás.
Las fue amarrando una detrás la otra, en fila, y luego se le encaramó a la primera que era la veterana y empezaron a subir la loma hacia el Chuscal.
Les dio a todas sus bestias un vistazo cerciorándose de que fueran ajustadas las enjalmas, los cabestros: ni muy largos, ni muy cortos. Los lazos de amarrar las cargas bien dispuestos y asegurados con el de sobrecarga, bien fijas retrancas y pecheras.
Pasó su ojo experto sobre los cerros. Sobre las fincas cercanas y lejanas, sobre los sembrados nuevos y los que ya eran cosechados. Sobre las cicatrices que en el monte delataban nuevas rozas y sobre los techos de teja y los de paja, donde el humo denotaba vida.
Tomó el zurriago por el cabezote y apoyó su punta sobre la enjalma y repasó mentalmente lo planeado para ese día:
-          A las ocho coronar el alto e iniciar el descenso al pueblo.
-          De nueve y media a diez, estar cargando el maíz y la sal en la agencia del Señor Aguilar en Guaca.
-          A la salida del pueblo, una media mañana de arepa con panela y un trago de agua, e iniciar  la pendiente, ya a pié, pues todas las bestias irán cargadas.
-          A la una de la tarde, que será cuando inicia la bajada a Prado, haré un alto para que la recua beba y yo almorzaré el fiambre envuelto en hojas que me empacó mi mamá Quica.
-          De tres a tres y media ya estarán bien bebidas, bañadas y pastando las bestias nuevamente en el potrero.
-          Me afeitaré y me bañaré. Ensillaré el Turpial y a galope tendido llegaré a las cuatro pasadas para tomar el Bus en Prado y luego el tranvía para Medellín en Induamérica.
-          Calculo que a las seis y media me estaré tomando un tinto en el Café del Hotel Europa y ya tendré comprado mi boleto para entrar al Teatro Junín, pues a la siete se inicia la Temporada de Operetas y Zarzuelas.
A los 25 años, quien fue mi papá, era un arriero culto, en ese entonces representante de la prometedora industria del transporte.
Esa noche estrenaron: La del Soto del Parral y al día siguiente presenció Los Gavilanes. Y a media noche cuando a trote lento regresaba a la finca, iba cantando: Mi aldea, cuanto el alma se recrea al volverte a contemplar…
León M.N. Febrero de 2013.

miércoles, 6 de febrero de 2013


NOCHE, FOGATA, GUITARRA Y TAMBOR.

I
Sobre la arena la candela
En los maderos que la marea trajo
Abrazada al viento danza.
Mueren los leños y nace el calor.

Y crece la fogata sobre el domo negro.
Negro quien toca la guitarra.
Pecho negro tatuado en llamaradas.
La luz azul tiñe su espalda en esta noche.

Y un coro de aleteos negros canta.
Con toscos dedos acaricia
Y vibra la sensual cintura.
Y el que danza también se une al coro.

Y el que pulsa las cuerdas llora.
Y el mar, el viento, y la candela
Acompañan un quejido
Que llega desde el túnel de la mina.

Un lamento entre el cañadulzal.
El arrullo al llanto de los niños.
El golpe del tambor resuena
Entre los pechos negros.
II
Disco de fuego sobre la piel del mar.
Llamarada en lo alto
Por donde huyen las gaviotas.
Mancha escarlata se hunde en el océano
Marea negra que tragó la luz.

Olas encrestas plateadas por la luna
Penetran lo convexo de las dunas
Se queja el mar, vuelve y se aleja
Regresa con ahínco.
Danza el viento al ritmo de la ola.

Te hundes en el mar.
Saciado desnuda te abandona.
Me abrazo a ti y lamo la sal que  te ha dejado.
Y ahora te penetra mi sed de ti
Y una ola nos cobija.
III
En la playa mojada por la lluvia
Cuando la noche se recuesta sobre ella:
El universo, constelaciones, estrellas vagabundas,
Soles y mundos que titilan
Refulgen, estallan y relumbran.
                                           
                                              Y en el cenit antes que la luna lo posea
Cuando la noche me mira desde allí:
El universo, constelaciones, estrellas vagabundas,
Soles y mundos que titilan
Refulgen, estallan y relumbran.

Y tanto arriba como abajo
Centellas, auroras boreales, luceros que se ocultan
Y otras supernovas y agujeros negros
Y estelas de cometas que viajan raudos.

Y en medio del arriba y del abajo: Yo
Y mi soledad de ti
Y mi angustia
Y mi sorpresa permanente
Y mi esperar la aurora.

Y el tronco de un árbol que la marea trajo
Y el vaivén de las olas que lo empujan
Y el tiempo que transcurre
Antes que encalle en esta noche
 En esta playa
Entre el arriba que me cubre
 Y el abajo donde yazco.
IV
Unas pisadas en la arena que de mí se alejan
Difuminadas por la marea van borrándose
Espuma y caracolas
Y mensajes de Orfeo a Eurídice.
Y cantos tristes de sirenas.

Algas que al sol van marchitando
Efluvios que sólo escucha el viento
Que silba entre las rocas del acantilado
 Bañándose de sal en los penachos de las olas.

Lejos se acallan los tambores.
Y muere la fogata
Habiendo devorado la guitarra
Y muero de ti porque te has ido
Y me hundo en lo negro de la noche
Olas de oscuridad me engullen
Y danzo con el viento que barrió la playa.

Noche, fogata, guitarra y tambor.


León M.N. Dic. 2012.




miércoles, 16 de enero de 2013

VOCES


VOCES

Voces que creí ya idas.
Aquellas que borré por siempre
Las que escuché cantar y las que me cantaron.
Las que susurraron en mi almohada.
Que rumoraban detrás de las paredes, tapadas con la mano y al oído.

Otras como susurros que con la briza iban,
Gritaron esta noche en mi camino.
Maldijeron como lo hicieron siempre.
Predicaron viejas profecías, rogando que ocurrieran.
Suplicaron y oraban se apiadaran de ellas.

Llegaron las que a diario mendigan  y seducen con sus llagas,
Sus hilachas y su mirada lastimera.

Estaban allí las que de profesión consuelan y dicen perdonar pecados.
Esas voces que acogen como deber a los que lloran.
Aquellas que incitan a acoger y esperan que no se acabe la materia prima.

Han llegado también conspiradoras buscando  una razón a estar presentes.
Arengan, confunden, engañan y cantan victoria nuevamente.
Aúllan las que fueron derrotadas.
Arguyen infamias, tropelías y piden se le tenga en cuenta.

Acompañan su ensordecedora algarabía, las que informan, analizan o disienten.
Rugen las inconformes, las reaccionarias, las recalcitrantes y ortodoxas.

Y ahogadas, acalladas, silenciadas, las de siempre: las que tienen por deber:
Sufrir, ser violadas, martirizadas y santificarse.

Todas me llaman esta noche y quieren que me una, cada una a ellas.

Y desde lejos escucho mi  grito de terror y callo.

León. 01.01.13.

miércoles, 2 de enero de 2013

LA TERNERA DERROTADA



Ternera Derrotada.

La noche anterior me habían puesto los Santos Oleos, pues disque me habían notado muy decaído y a veces como que entraba en agonía.  Aquella madrugada me fue invadiendo la nostalgia por mi pueblo, así que cerré los ojos y cogí mi carriel, fui la Terminal del Sur y en el bus de siete llegué a deshacer los pasos a Armenia Mantequilla.

Al llegar a la plaza había una algarabía tal, que creí haber llegado en día de feria. Como es costumbre, al bajar del bus fui a la primera cafetería que vi, pedí que me despacharan una gaseosa con empanada y me senté a observar por si veía alguna cara conocida. Así me pude dar cuenta que la algarabía era por una ternera negra que andaba persiguiendo a un tipo flaco, alto de gafas, que a primera vista se me pareció a Chamizo. Toda la gente gritaba asustada y con ruanas, ponchos y sombreros, trataban de distraer a la ternera para que dejara tranquilo al pobre Chamizo que ya está muy viejo. Pero nada, el animal seguía detrás del pobre hombre que no hallaba donde esconderse.

Cuando el mesero de la cafetería me sirvió mi refrigerio le pregunté: - ¿Y que es lo qué pasa, es que están en fiesta? – No Señor, me respondió. – Lo que sucede es que desde hace como tres meses apareció en el pueblo ese animal. Aquí lo llamamos: La Ternera Derrotada. Cuando usted menos piensa siente que viene detrás de usted el bendito animal y si no corre rápido a buscar burladero, lo ensarta en los cachos y le da una revolcada que lo deja de hospital y luego desaparece, sin saberse para dónde coge. Ese demonio de animal, de día es negra y si le sale de noche es banca, pero es la misma. Se le conoce por que es tunca o tunga como decimos por aquí.

¿- Cómo es la cosa, es que cambia de color la condenada? Es que no le he explicado. Esa no es una ternera de verdad. Es un espanto que sale los lunes, por que antiguamente, cuando de aquí salía ganado para la feria de Medellín, lo embarcaban en un embarcadero que había en La Cumbre, a la salida del pueblo. El embarcadero se acabó hace muchos años, pero la vaquilla esa se quedó como perdida a apareció hace poco, para divertir a los muchachos del pueblo que gozan viendo correr a la gente, perseguida por el ganado derrotado.

Ahora sí que no le entiendo nada. Es un espanto, pero no asusta, divierte a los muchachos. Pero al pobre Chamizo lo hizo correr y casi que lo embiste.

Permiso me siento y le cuento toda la historia:
Hace muchos años, por allá en los años 60s y 70s, aquí en el pueblo no había ni cine, ni televisión, ni discotecas, ni futbol, ni basquetbol, ningún deporte y ninguna diversión para los muchachos escueleros y menos para los que ya habían terminado la escuela.

Los muchachos nos divertíamos labrando horquetas de caucheras para ir al monte a cazar pájaros y arditas. Con tablitas delgaditas como de veinte centímetros de largo, amarradas a una cabuya, hacíamos zumba zumbas. Hacíamos yo yos con botones grandes y aplanchábamos las tapas de gaseosas y con ellas construíamos juguetes.

También coleccionábamos cajetillas de cigarrillos, las que doblábamos muy buen, así como se doblan los billetes para guardarlos en los bolcillos. Las cajetillas más comunes eran las de Pielrroja y esas tenían el valor de un peso, Las de cigarrillos President, valían cinco pesos y las de cigarrillos finos como el Camel, el Biseroy, y otras marcas, tenían un valor de 10 pesos. Jugábamos con bolas así: Por una cuarta tenías que pagar un peso, un jeme pagaba 5 y un pipo pagaba 10 pesos. Si a uno lo pelaban en el juego no tenía sin que ir al basurero o a las cantinas a buscar cajetillas para poder volver a entrar al juego.

Bueno, pero usted me está enredando la pita. ¿Qué tiene que ver eso con la Ternera Derrotada?
Muy sencillo, los lunes la diversión cambiaba. Nos íbamos a pistiar a los caminos a la entrada del pueblo a esperar que llegaran los vaqueros de las fincas arriando el ganado para llevarlo al embarcadero. Cuando el ganado ya estaba en las entradas del pueblo, comenzábamos a correr detrás de él y a gritar para que se derrotara por todo el pueblo y de esa manera la gente corría a esconderse y a encaramarse en las ventanas de barrotes para evitar que las vacas los atropellaran. Eso era una delicia.

Volviendo a la vida en aquellos tiempos en el Armenia, los muchachos sin nada qué hacer, Comprábamos bolas de cristal en el almacén de Doña Cruz Ana, donde don Jorge o donde Don Horacio Montoya. A mí personalmente no me gustaba comprar donde Don Horacio, aunque eran más baratas, porque ese Señor era muy bravo y tiro por lapo, salía uno regañado. Cuando no teníamos plata nos íbamos al monte a coger chumbimbas, que son unas semillas redonditas, negras y duras o a coger chochos al Tambor y con eso jugábamos, al Perseguido, al palmo, al Arroyuelo, a los pares y nones y muchos juegos que los muchachos más grandes nos enseñaban en la escuela.
Pero hombre por dios, ¿Qué pasó con la Ternera Derrotada?

Es  que recordando esas jugarretas se me va el hilo de la conversa. Cuando el ganado se desparramaba por todo el pueblo, los vaqueros se demoraban mucho para reunirlo nuevamente y hasta la policía tenía que ayudar teniendo quietos a los muchachos para que dejaran de molestar.

Cuando el ganado llegaba al pueblo en horas de clase, nos perdíamos las Corridas de San Fermin en Armenia Mantequilla, pero nos desquitábamos, pues nos escapábamos de la escuela y nos encaramábamos en las guaduas de los corrales del embarcadero y desde allí hacíamos escándalo tratando de que las vacas se asustaran más y no entraran al embudo y en vez de entrar al camión saltaran a la calle y ahí sí era la fiesta corriendo detrás de ella y viendo a las viejas y a los señores correr a esconderse.

Con decirle que una vez que hicimos derrotar un toro grande, bajaba de la plaza un viejito que era bizco, de esos que tienen los ojos tan torcidos que en vez de ver una persona, ven dos. El toro iba calle abajo y él venía en contravía. Del susto y la bizquera que tenía vio dos toros que se le venían encima y también vio dos ventanas, entonces se subió a la ventana que no era y lo agarró el toro que sí era. ¡ Qué revolcada tan verraca la que le pegó ese toro.

Los sábados que no había que ir a la escuela nos poníamos a jugar con tiratacos hechos con los frasquitos de anestesia que botaba el dentista del pueblo que era don Raúl Velásquez. También jugábamos guerra con bodoqueras y a los bodoques que hacíamos con hojas de cuadernos viejos, les poníamos espinas de naranjo en la punta para chuzarle las nalgas a los de ejército contrario cuando les disparábamos. Era común que jugáramos a los Policías y Ladrones, a la Pelota Envenenada, Guerra Libertada y nos íbamos a los potreros cercanos a torear los terneros grandes.

Hombre por dios y a propósito de torear, ¿qué pasa con la Ternera Derrotada?
Qué pena con usted, siempre me desvío de lo que le estaba contando, por recordar esas épocas en las que aquí en el pueblo no había nada qué hacer.

Le cuento que el padre Gonzalo Rivera, quien es el Párroco de acá. Ya conjuró a la tal Ternera Derrotada, para que se vaya de estos lados y deje de asustar a la gente, pero nada que se va.
 – Hombre ¿qué es eso de conjurar? –  es como un exorcismo para animales, que reza el padre, después de los bautismos de las once y antes de empezar la misa de doce.
Toño Verriondo, que es un señor muy bravo del pueblo y que es el  verraco para enlazar ganado; una noche que subía de la casa de él que queda allí abajito, vio la ternera blanquita que resoplaba y escarbaba la tierra queriendo envestirlo. Se devolvió a la casa y sacó una soga de cuero que tenía en un garabato en la pesebrera. Le abrió bien  el ojo de enlazar y se la tiró enchipada a los cachos del animal y la agarró. Tan pronto se dio cuenta el animal que lo tenía enlazado, dio media vuelta y empezó acorrer calle arriba. Toño Verriondo no soltaba la soga y a veces arrastrado, otras corriendo o rastrillando contra el empedrado del suelo iba detrás de la ternera. Pasó par la cumbre como Alma que lleva el Diablo. En la boca calle de la María siguió rumbo al Encenillal y Toño pegado de la soga no la soltaba, ni la podía detener. Pasó como una exhalación por enfrente de la Escuela de la Loma y por la portada de la entrada para la Finca de la Unión. Por el camino en frente de la casa de Bacina, pasó dando tumbos de barranco en barranco y Toño no la soltaba. La verraca ternera pasó por el Lobo y esos potreros faldudos y no se detuvo hasta que no llegó a la orilla del Cauca. Allí dio un resoplido y como ya estaba amaneciendo el martes, se desapareció y quedó Toño, más Verriondo, que su apodo.
Yo no sabía ya si creer o no creer las historias de La Ternera Derrotada, y como ya se acercaba el medio día, le pregunte al mesero, dónde quedaba el hotel del pueblo y me fui a almorzar. Luego de que hice la siesta en una silla perezosa que había en el corredor de atrás junto a la cocina del hotel de Doña Dévora, salí nuevamente a la plaza. Allí seguía el jolgorio con la ternera que no dejaba salir de una cantina, al pobre Chamizo, porque si salía tenía que correr mucho para que no lo revolcara.
El espectáculo siguió toda la tarde, pero yo me regresé en el bus de cuatro, llegué a  mi casa y como ya había deshecho mis pasos, me acosté y me morí tranquilo.

martes, 1 de enero de 2013

LA NOVIA PLANTADA


La Novia Plantada


Estaba sentado en el Café en la esquina de debajo de la plaza, aquel que llamábamos El Asilo, esperando que Don Eduardo Quiceno le sirviera un tinto, antes de entrarse para misa de seis de la mañana, cuando una muchacha vestida de blanco se sentó en su misma mesa y le dijo:
-          Casi no llegás pues…
-          ¿Qué dice usted?
-          Que pidás otro tinto para mí que ya estoy con hambre de tanto esperarte.
Llamó a Don Eduardo y le dijo que sirviera otro tinto para la dama y señaló hacia el taburete que estaba junto al suyo.
Don Eduardo se rió y le preguntó:
-          ¿Para cual Dama, hombre Garcés?
-          Para la Señorita y volvió a señalar el mismo taburete.
Don Eduardo se persignó y salió corriendo para la calle diciéndole:
Párese rapidito de ahí y vallase para la iglesia que a usted lo está espantando La Novia Plantada.
Alfonso no se inmutó, creyendo que se trataba de una chanza de Don Eduardo, lo cual no era raro en él, que era muy buen conversador y siempre sorprendía a sus clientes con alguna historia rara.
Viendo que el cliente seguía aguardando que le sirviera el tinto, Don Eduardo, entró aunque con mucho recelo a su tienda: coló el café, lo vació en el termo con tapa de corcho y le sirvió uno al parroquiano que esperaba.
-          Don Eduardo, por favor, no sea desatento, le pedí dos tintos uno para mí y otro para la bella dama que me acompaña.
El dueño del negocio sintió que se le helaba la sangre y con miedo a incomodar a la aparición que estaba viendo el cliente, fue a servirle su café y al ponerlo sobre la mesa casi lo riega pues las manos le temblaban del pavor. Se alejó sintiendo que la Novia Plantada lo iba a agarrar por la espalda. Se paró detrás del mostrador y con los ojos que se le querían salir de sus órbitas no dejaba de mirar la mesa que ocupaba el solterón al que estaba enamorando el espanto de la Novia Plantada.

Lo vio conversar tranquilamente como si estuviera acompañado por alguien que Don Eduardo no veía, pero Alfonso sí.
-          No señorita, usted se equivoca, yo nunca la visité en su ventana, ni concerté con sus padres ninguna boda, yo no soy su novio.
-          Bien me decía mi mamá que no le hiciera caso a un solterón. Que usted solo era por engañarme. Que nunca se casaría conmigo. Y Yo de ingenua me entregué en sus brazos y vea con lo que me sale hoy.
-          Señorita usted debe estar enferma. Usted dónde vive, si quiere yo el acompaño hasta su casa para que su mamá la saque de las dudas…
Y salieron calle debajo de gancho a buscar la casa de la Novia Plantado.
Don Eduardo se quedó echándose bendiciones,  rezando a las almas del purgatorio y pasteando a ver quién venía por la calle para que le ayudara a Salvar al biato Alfonso de lo que le quería hacer ese espanto.
Pero cómo todavía era muy temprano y no había amanecido aun, nadie pasaba por la plaza.
Estaba cerrando el café para irse para la sacristía a contarle al párroco lo que acababa de ver, cuando subió como alma que lleva el diablo el espantado. Don Eduardo, Don Eduardo, gritaba. Me acaban de espantar y ese espanto me quería violar allí en la pesebrera de Víctor Estrada.
Temblaba de pies a cabeza y estaba lívido como las velas de la iglesia de sólo pensar que a él, que se había conservado virgen hasta los 52 años, casi lo viola un fantasma en el cajón de una pesebrera.
Don Eduardo abrió nuevamente su negocio y le sirvió otro tinto bien cargado de azúcar para que le volvieran los colores y le contó que él no era el primer pretendiente de la Novia Plantada. Que ella le arrastraba el ala a todos los biatos y solterones del pueblo, en venganza de uno que hace ya muchos años la dejó en las puertas de la Iglesia vestida y alborotada.

Esa misma tarde Alfonso compró un sombrero aguadeño de los finos, se puso su pantalón y su camisa blanca de manga larga y así como era su costumbre descalzo, se fue a visitar a su novia de toda la vida y le propuso matrimonio.

Si usted tiene más de treinta años y no se ha casado, no se siente solo en las bancas de la plaza de Armenia Mantequilla, ni en ninguno de sus cafés o cantinas, y mucho menos le acepte conversación a una muchacha de bata y cachirula blanca, que sin lugar a dudas se trata de la Novia Plantada que lo quiere enamorar.