lunes, 10 de marzo de 2014

UNA INTRIGA RESUELTA.
De dónde nacen los colores, era algo que desde niño me intrigaba.
No era algo que viniera adherido a la superficie de las cosas.
Las frutas por ejemplo, cambian al crecer y de verdes tornan a ser más claras y amarillas y otras rojas, moradas, violetas, pardas…
Y los niños casi siempre sonrosados y el color de sus ojos es brillante y su mirada clara como la de algunos viejos.
Y el agua…
Qué infinidad de colores tiene el agua.
Y no los puedes atrapar.
Al tomarla en el cuenco de tus manos, el agua azul, o verde azul o negra o aguamarina, siempre es transparente y fluye, aun que algunas veces la veas sólida y brillante como los espejos.
Y lo que llamamos cielo o firmamento, que al fin y al cabo no puede saberse lo que es.
Eso también tiene colores y cambiantes cómo ninguna otra cosa, aunque no sea cosa, ni pared, ni techo, ni lugar.
Y qué colores tiene.
Los más excitantes y mágicos y embrujados y embrujadores.
Tengo que confesarles que una vez de madrugada, cansado de cargar con esta intriga y sin poder resolverla, madrugué.
Salí sin hacer ruido de mi casa y tomé camino a la montaña alta donde sabía que contemplaría todo el panorama.
Y comencé a entender el origen de todos los colores.
Del negro oscuro de la noche fue surgiendo la claridad tras la montaña. Y yo corrí para poder sorprenderlos al nacer, que era lo que estaba ocurriendo.
Y si no me apuraba iban a nacer sin que yo lo presenciara allá arriba de la montaña, en la explanada que es como un gran mirador, donde es posible ver que la tierra es redonda y que mi pueblo está en todo el centro de la tierra.
Del horizonte que es esa hendidura que se forma donde se junta el arriba que es el cielo, con el abajo que es la tierra, comenzaron a nace todos los colores.
Llegué en el preciso momento en que iniciaba el parto.
Pude verlo clarito, pero no en silencio.
Nacían templados y firmes como flechas que lanzara un mago, un duende, o dios o la madre de todos los colores que sin lugar a dudas, debe ser la Belleza.
Partían en todas direcciones como viajan los sonidos de violines: limpios, claros, luminosos. Rasgando el aire y sin herirlo.
Era como un clímax de placer que se pegaba a todo lo que encontraban, o a todo aquello que en su camino se cruzaba.
De entre el negro oscuro de la noche comenzó a verse el azul blanco que se pega a la neblina mañanera.
Algunos copos de neblina se pintaban de gris azuloso  y otros de blanco brillante y transparente.
Flechas brillantes de amarillo rosaron las naranjas y se fijaron en algunas flores de las enredaderas, y fue como en crescendo, un glorioso ímpeto orquestal de colores que rasgaban el alma, como lo hacen los violines.
Las laderas de las montañas fueron sembradas de flechazos de todos los verdes que uno logra ver en los cuadros que cuelgan en las paredes de los más importantes museos, y otros muchos verdes que ningún artista ha logrado imitar. Y no lo logran, pues al instante cambian, viajan, saltan, se matizan con el azul, con el amarillo o con el rojo.
El rojo puro prefiere quedarse un rato más en las grosellas maduras, colgando de las tomateras o bebiendo una saliva dulce en los labios de las niñas campesinas.
Habiendo resuelto el gran misterio, con mi corazón a punto de un colapso, regresé a la casa a paso lento. Me era menester ser precavido. No sabía en que podía terminar ese aleteo que sentía dentro como metido en los torrentes de mis venas.
Era como estar asustado y al mismo tiempo feliz como cuando das el primer beso. Tal vez mejor como cuando entre sabanas te desgranas y en un abrazo te confundes con tu amada y formas parte de ella y de la tierra y entre suspiros y quejidos te integras al todo que es el universo.
Debo confesar otro pecado. Desde aquella madrugada me volví adicto voyerista. No puedo resistir la tentación de ver a la belleza parir sus hijos en las madrugadas. Ver los fucsias y los solferinos que se sientan en las rocas escarpadas antes de que los echen de allí los grises, los negros y el brillante metálico de las pizarras.


León M.N. Marzo 10 de 2014.

LA MOLIENDA

LA MOLIENDA
Recuerdo de un paseo por las veredas
de Jardín Antioquia, en compañía de
Alain y Lisette Benard.

Las faldas que visten las laderas de los montes, se exhiben al sol y dejan ver pliegues y repliegues sembrados de vellosidades verde claro.
El mismo color que dicen, tiene la esperanza.
Y entre el verde hay ocre tostado y cruje al paso de las mulas o cuando lo pisan las albarcas del arriero.
De tanto en tanto, las cañas levantan sus penachos.
Hacen que el cañadulzal parezca un batallón de infantería en pie de guerra.
Las mulas con blanduras de guascas como enjalmas, portan angarillas y de ellas cuelgan las sogas de cuero retorcido que fijarán las cargas.
Mulera al hombro, paruma de lona reforzada con ribetes de cuero en las costuras.
Sombrero alón, machete al cinto, bigote recortado, manchado por el tabaco que danza entre los labios movido por ellos y la lengua.
Y debajo del sombrero, en el cerebro; sueña que subirá el precio de la panela y con él subirá el jornal y se acabarán las penas.
Donde inicia la tonga, quedan las mulas ejercitando lo que mejor saben, pastar, espantar moscas con la cola y aguardar con paciencia.
La paciencia parece agotarse entre los campesinos.
Sin temor a la pelusa, ni a cortarse con la sierra de las hojas, la mano izquierda del arriero segador expone los cañutos que encapsulan el jugo de caña, al filo del machete, que la derecha lanza y troza.
Y el perfume de la miel se expresa en gotas que se mezclan con las del sudor que la faena causa.
Con ese machetazo cortó de tajo sus malos pensamientos libertarios y se entregó al trabajo de cortador de caña.
En torno al varón de la fatiga, al cosechero de esperanzas, al promesero del jugo freso, del guarapo, de la miel, el vinillo, el tapetusa o aguardiente. Del blanqueado, las velitas, las melcochas, el subido, el caramelo y la panela; zumban los abejorros, las abejas angelitas, las avispas y las abejas colmeneras.
Él entrega su trabajo que es miel, es golosina y energía. Sueña que recibirá algún día la justa paga, la seguridad que ansía, y zumba su mente como colmena enardecida.
Caña a caña van formándose los arrumes que integrarán los tercios de cada viaje que cargarán las mulas.
Y cana a cana va blanqueando su cabeza igual que se blanquean los copos de los guamos cuando se florean.
Las cañas por delante y hacia atrás las hojas verdes que susurran al paso lento de la recua y al viento que las peina.
Forman un Hojarasquín que parece danzar al rítmico paso de las mulas.
Llagados al trapiche el ajetreo inicia:
Fogonero y atizador ayudados por horquetas, embuten por la boca del horno, bagazo seco junto con algunos leños que nutrirá  la hoguera, y el calor se crece.
Igual se crece la desilusión y el miedo a un futuro incierto.
Descargadas las mulas de su dulce peso, van  a la pesebrera a ver retribuido su esfuerzo con hojas de cañas que el pica cuido convirtió en fresca ensalada.
El domingo en la plaza del pueblo, los peones se encontrarán con el patrón, y ellos esperan que traiga el jornal a tiempo, completo y a lo mejor algo más en reconocimiento por su esfuerzo.
Un joven peón acerca al trapichero manojos de tres o cuatro cañas y el trapiche  las aprieta, las exprime y el jugo rueda hasta el tonel, y el trapichero lo mira correr, igual que corre por su frente el sudo y en su cabeza ruedan ideas, ilusiones, pensamientos…
Un peón más, se encarga de despejar el entorno del bagazo.
Lo lleva dentro de un enorme canasto de bejucos que descolgó su madre de viejos árboles de la cañada, y tejió en las horas de respiro que la desyerba le dejó algunas tardes. 
Bajo los altos techos de la molienda y arrumado en filas, va secándose el oloroso bagazo, ayudado por el calor del horno.
En derredor las gallinas pugnan por probar tozos de bagazo dulce, mientras los perros duermen la siesta bajo las mesas donde esperan las palanganas, los moldes, los mecedores y las llanas.
Toneles de jugo son vertidos en la primera paila ya caliente y un vapor dulzón invade a todos los presentes y se pega a ellos el sabor azucarado que en la noche lamerán sus hembras.
Un viejo que es sabio en estos menesteres, macera en un pilón cascaras de  balso, y cuando han soltado su babosa savia, las sumerge en el jugo que ya hierve en la primera paila.
Por arte de ésta ancestral alquimia, todas las impurezas se separa y flotan en un espumero dulce que forma la cachaza.
El descachazador provisto de una ponchera de aluminio agujereada y sujeta a una larga vara, va retirando de encima del jugo hirviente, la sucia cachaza, depositándola en canecas que para el efecto tiene cerca.
Dónde encontrar el balso que separe en nuestra sociedad, los sucios de los limpios.
Dónde arrojarlos y con qué hacerlo lejos, como para que no retorne, la corrupción que hierve encima de los pueblos.
Nada se pierde aquí me dijo el viejo. Con esto ayudaremos a engordar los cerdos y volviéndola a hervir para así purificarla, sacaremos melaza que es buena como alimento del ganado.
Medito yo que tal parecen ser, los campesinos, los pobres, los obreros, la cachaza que engorda aquí la barriga de corruptos.
Concluida la descachazada, se vierte el jugo limpio en la segunda paila para que siga concentrándose.
Ayudado por una gran totuma sujeta a una vara, un segundo peón hace esta faena y será él, el encargado de vigilar que el jugo lentamente se vaya convirtiendo en miel de color ámbar.
Sumerge su gran cucharón en el dorado jugo. Con maestría lo alza y desde lo más alto lo arroja esparcido con gran precisión nuevamente hacia la paila.
Esta hábil acrobacia le permite ver en contra luz el color de la miel que es la clave para saber que va dando su punto. Y cuando esto acurre, con el cucharón lo pasa a la siguiente paila donde debe concentrarse más y espesar para cambiar nuevamente de paila y de allí a las palanganas de madera, donde debe reposar un poco.
Pido yo para esta sociedad que es como el jugo de la caña, que al calentarse se convierta en alimento, en forma de agua de panela y no que al fermentarse se vuelva chirrinche que sólo presagia una estruendosa borrachera.
Un peón en cada extremo de la palangana, coge las asas y juntos la llevan a la mesa de moldeado. Las espátulas de reluciente madera mecen la panela que ahora es espesa, consistente y de un dorado bruñido y maleable.
Provistos cada uno de un hemisferio de cascaras de coco, recogen la cantidad de mermelada de panela que cabe en ellos, la cual debe pesar lo mismo que una libra. La vacían en la concavidad de moldes ya previstos. Para ayudar a que quede con buena forma al secarse, le dan un golpe con lo convexo de la cascara de coco, y allí espera enfriarse para seguir su camino hasta el sitio de empacado.
Llegó hasta nuestras tierras esta dulce planta desde el sudeste asiático, llevada hasta España por los musulmanes y de allí hasta acá traída por quienes colonizaron estos lares.
El ingenio de nuestros abuelos ha hecho que el jugo se convierta en golosina y en alimento que da energía legendaria a los deportistas de mi tierra.
Hoy estoy feliz por haber presenciado nuevamente el alegre y coreográfico trajín de la molienda y para celebrarlo me bebí una totuma de guarapo fresco mezclado con el jugo de naranjas agrias. Pues no puedo evitar en mis historias un poco de sabor amargo.

León M.N. Marzo 2 de 2014.

miércoles, 12 de febrero de 2014

SEMANARIO

SEMANARIO.
Domingo.
Tiene las calles vacías, hoy la gran ciudad.
Parece como si se hubieran ido las personas dejando todo como estaba en la noche del sábado.
Los botes de basura repletos de desperdicios.
No se ven gatos, ni perros callejeros, ni aves carroñeras.
Y el aire está pesado, quieto.
No se percibe briza alguna.
Prima el color  de polvo de cemento en el ambiente caliente como en un taller de soldadura.
Las montañas a lo lejos tienen ese mismo polvillo opaco que no se quiere respirar, pues se nos hace malsano y enfermizo.
De la distancia incierta llega el ronroneo sordo de motores y ese calor fastidioso que hace rato me estropeó la siesta.
La atmosfera es como de remordimiento, como de culpas por la tarea no hecha. Me siento inquieto, indeciso, perturbado.
Hasta el tintineo del carrito de paletas suena perezoso y sólo en las salidas de los cines se nota algo de vida, pues a los niños no parece importarles el embrujo que se ha apoderado de la tarde.
Creo que es que ellos no lo notan o a lo mejor no les importa.
Por donde miro, veo en mi mente, escrito en letras negras como de neón: mañana es lunes. Mañana es lunes, mañana…
De repente un ventarrón arrastra polvo negro y detrás de él llega la noche sin introducciones, sin anunciarse con atardeceres.

Lunes.
Tuvo que ser como entre las cinco y seis, o casi las siete de la tarde. Digo casi las siete, porque dependiendo de la época del año, aun acá, en el trópico, hay días en que en los que el inicio de la noche se retrasa.
A esas horas que menciono llega una luz difusa que casi no produce sombras. Todos los colores se recubren de un halo dorado que no deja se precise bien, dónde termina un objeto y dónde empieza el otro.
Ese halo de que hablo es como una especie de neblina seca que lo envuelve todo.
Es lo que los fotógrafos llaman filtro. Si, es un filtro que da al paisaje una apariencia que le es extraña pero bella y pasajera.
Las hadas y los duendes parecen decirnos: - Mira este lugar, de esta nueva forma. - ¿Acaso no te cansas de verlo siempre con la misma lente?
Y no es que sólo nos lo digan, es que nos obligan a mirarlo con esa nueva apariencia. No se puede escapar al filtro que nos ponen y cuando lo hacen, no es posible seguir leyendo el libro que leías, continuar embebido en tus pensamientos, o seguir conduciendo por la carretera con igual seguridad que en horas más tempranas. Si continúas en tu carro, tendrás que forzar la vista,  o te expondrás a accidentes. Aparecen espejismos, y esa bruma dorada que te he dicho, no te permite ver el límite del pavimento, ni qué tan próximo se encuentra el desbarrancadero.
Yo amo la magia de las tardes.
Es caprichosa y se nos impone convenientemente. Hace que aflore ese poeta que tenemos secuestrado muy adentro.
Que queramos volver a la caja de colores de la escuela para pintar una colina y a la derecha, una casita con ventanas como ojos y una puerta como si fuera una gran boca. Y sobre un cielo blanco muchas nubes azules y tras de ellas, asomado un sol con resplandores amarillos.
Tenía que recordarlo.
Desde aquí donde cada tarde me siento a esperar la noche, veo que esa atmósfera dorada llega antes que ella. Muchas veces la acompañan los violines de los grillos, el coro de las ranas y luego, con la semioscuridad, llegan también mis amigas las luciérnagas, que mientras va aposentándose  la noche, vuelan cada vez más alto y se quedan allá arriba como estrellas.
Martes.
Un poco abrumado de recordar pecados cometidos y arrepentido de no haber caído en otros, salí al patio que es una pequeña explanada frente de la casa. Comunica directamente con el camino a la derecha y con los potreros a la izquierda.
Preferí caminar sobre el pasto porque es verde, desciende suavemente y me ofrece la soledad y el silencio que a esta hora necesito, en reemplazo del café que antes tomaba en la terraza.
De improviso, una ráfaga de viento gruesa, fuerte y sostenida, venía en dirección contraria. Pasa, y al hacerlo peina el pasto y hace mecer los platanales y sus hojas parecen decir adiós al viento que va presto.
Las hojas secas, la paja y algunas mariposas distraídas fueron arrastradas en ese tobogán que asciende.
Fue como un baño refrescante, como una confesión que limpia el alma, como una bocanada de aire que abastece los pulmones, como si me insuflaran alegría primitiva en una dosis alta.
Quise correr como corren los niños, con los brazos abiertos simulando ser aviones.
Pero no, me serené, cerré los ojos y disfruté la sensación como quien escancia una copa de buen vino.
Y al abrir los ojos y mirar arriba… unas largas, muy largas nubes como cabelleras femeninas.
Como amplios y tenues trazos blancos sobre un tablero azul enorme. 
Como ríos de leche que al derramarse se trenzan buscando una becerrada para amamantarla.
A quién dar las gracias por el regalo del paisaje y a quién agradecer por disfrutarlo.
Que privilegio contar con una piel que se electriza cuando esto siento.
Gracias, muchas gracias a quien sea culpable de que el paisaje cada día esté allí. Quien sea, debe ser también culpable de que yo lo vea, pues yo, sólo seré culpable de no querer salir a verlo.

Miércoles.
Lo vi, o mejor, lo presentí, por el rabillo de mi ojo izquierdo.
Y al voltear la vista, estaba allí reflejado en la ventana; como pintado en el tul de la cortina tras el vidrio.
Claramente era un incendio con vaporosas llamas color rojo y fucsia, y antes de ellas, como enmarcándole: enormes nubes como de algodón de azúcar.
Frente a mí se incendiaba el horizonte, y yo podía ver el espectáculo, a través de una como boca de túnel que se abrió entre las espesas nubes que flotaban encima de los cerros.
El fuego muchas veces es aterrador, como cuando recorre devastando pajonales de los llanos y hace que despavoridos huyan los armadillos de sus cuevas, salten las ranas al pantano y algunos aguiluchos mueran calcinados al querer atrapar las lagartijas que quieren escapar bajo las rocas.
Otras veces es fascinante y me embelesa, como que me atrae e hipnotiza, alrededor de una fogata donde las llamas danzan y matizan cantos acompañados por currucutúes y cuentos de misterio y miedo, inventados o repetidos, mientras se escucha el crepitar y las sombras congregan los fantasmas del bosque en torno nuestro.
Pero hoy, este incendio no me causa miedo.
Me deja que lo aprecie desde la seguridad de mi balcón.
Sin frío ni calor.
Se me muestra en tonos que en nada me amenazan, pues no consume material alguno.
Creo que de incendio sólo tiene esos colores rojo, carmesí, bermellón, fucsia, rosa y vino.
Y mientras extasiado lo miro y remiro, tratando inútilmente de no olvidar la completa gama que lo forma, burlándose de mí va palideciendo y sin que me percate de la magia, ante mis ojos se convierte en noche.

Jueves.
Encima de los edificios y encima de los cerros cuyo perfil se dibuja en la distancia, todo es amarillo.
No el firmamento.
La atmosfera es amarilla.
El firmamento es como un fondo, pero la atmosfera es algo que nos rodea, nos envuelve, nos integra. Está hecha de unos copitos o cristales o moléculas de aire o energía, que flotan, se estrujan, juguetean. Creo que es eso que algunos pensadores llaman Prana. Son universos pequeñísimos que hoy y esta hora se han teñido de amarillo. No hay espacio vacío entre ellos, y dentro, cada uno es un universo.
Y yo, en esta carretera polvorienta, inmerso en esta atmosfera de un dorado tenue, me maravillo de cómo se transforma el paisaje a cada hora.
Y lo que más me maravilla es que a mi lado la vida continúa como si esto que yo admiro, no ocurriera.
Sigue  las vacas pastando en el potrero y entre el follaje de los mangos y los aguacates, escucho chillar los azulejos.
Por las calles que suben, bajan y atraviesan las colinas, y por el valle donde la ciudad se extiende, van los autobuses llevando parroquianos, los camiones cargados al mercado, bicicletas y motos estridentes, y a nadie parece importarle el cambio de tonalidades que cubre hoy  esta porción del universo.
No ven lo nuevo del tinte que tiñen ya los edificios, ni la extraña belleza del humo que brota de las chimeneas.
Algo muy grave les ha pasado a los vecinos.
Ocurre un milagro y no se dan por enterados, y mañana madrugarán a la iglesias o rogar por que sus vidas cambien, que les llegue el bienestar y la alegría. Que puedan gozar de mejor vida y que la de sus hijos sea placentera.
Dejo de criticar al prójimo y vuelvo mis ojos a esos pequeños universos que en el éter flotan con esos suaves visos amarillos y cuando estoy logrando fijarlos a mi paleta, veo que se van oscureciendo y sin que pueda yo explicar cómo sucede, se me han transmutado ya en violeta.

Viernes.
Ha llovido desde la mañana.
No he podido separarme de mi ruana ni aun cuando he bebido tazas de café humeante cuyo aroma se queda como en suspensión en el ambiente.
La neblina es ahora la reina de la tarde.
Entra y sale campante de la casa, pasea por los corredores y se queda en el jardín entre las flores y los setos que aprovechan la ocasión para jugar conmigo a las escondidas.
A ratos llueve con el sonido que tienen los aplausos al finalizar la sinfonía, y de verdad llega a mis oídos de la imaginación el crescendo de la coda, que al terminar hace que exploten los corazones henchidos de emoción y de alegría, embebido aun el ambiente en la vibración del último acorde como arpegio.
Luego se queda apenas como una llovizna monótona y repetida que adormila en el establo a las vacas e invade a todo semoviente de una  como resignación callada, larga, pantanosa y fría.
Precisar la hora no es posible si sólo hacemos caso de la luz, pues la iluminación no cambia. Es pálida, tenue, como debe ser la de ese sol oculto de los parajes nórdicos.
Y se va la llovizna y se queda la garúa, que rocía unas pequeñísimas goticas de agua, tan leves que no logran mojar. No penetran los hilos del vestido, ni el cabello y permanece  sobre el pelaje de los perros, simulando ser copitos de nieve o bombillas navideñas que ellos sacuden de la cabeza a la cola retorciendo sus lomos como torbellino.
Cuando llega este ambiente blanco, frío, lento y silencioso, los libros son la mejor compañía. Hablan más claro y profundo. Nos llenan de nostalgia, de la misma que acompaña a los recuerdos y a los álbumes de fotografías. Los leemos sin apuros y cuando llegan a su fin, es como si un amigo se hubiera despedido.
Sábado.
La tarde de los sábados tiene ese sol brillante y las  nubes limpias, como quedan las casas preparadas para fiestas.
Temprano, muy temprano se ve por los caminos que traen de regreso a los peones a sus casas. Vienen cargados con racimos de plátanos maduros y en las jíqueras que llevan terciadas, traen aguacates, mandarinos o naranjas.
Los perros que los acompañan se les adelantan y desde los recodos del camino se detienen a mirar como apurándolos.
El agua de las quebradas es más cristalina y fresca y en ella se reflejan nubes de esas que son como rebaños de cabritos que protege un mentiroso pastor, de un lobo cierto.
En el aire flota una  música que nadie emite. Si no le pones mucha atención se escucha, pero si te detienes a escucharla se silencia y retorna cuando ya te has distraído.
El aire en las tardes de sábado toma muy variados olores. A veces tiene olor a chocolate con canela y a pan fresco. Este es el aire de las veredas campesinas o de las calles de los pueblos.
El de las plazas tiene olor a cebada, mejor dicho huele a cerveza, a charla con los amigos, a perfume de mujeres que pasan con ojos maquillados, huidizos y coquetones.
El sol en las tardes de los sábados es compinche, alcahueta, complaciente.
Se acuesta tarde sobre los cerros, arropado en una gruesa cobija de rallas de colores.

León M.N. Febrero 2014.






lunes, 27 de enero de 2014

RECUERDOS DE CAMINANTE

RECUERDOS DE CAMINANTE.

Como cuando se pasa la mano sobre los empañados  vidrios de los ventanales, así, unas mariposas corrieron la neblina, y me permitieron ver los techos del poblado.
Yo que no se mucho de identificar colores, diría que eran pardos.
Sí, creo que pardo es ese color que no tiene el vivo de los terracotas, ni es decididamente el gris viejo del musgo que se marchita aferrado a los tronco de pinos que crecen a la orilla de los caminos que van al cementerio.
Y sobre los tejados pardos, danza perezoso el humo de las chimeneas de fogones que a esta hora calientan los calderos.
Y sobre las calles empedradas, el lento caminar de las beatas que van hacia la iglesia. Y un perro flaco que cojea. No sé si de dolor o de costumbre, pues acostumbran ir cojeando con el rabo entre las patas, a veces por lastimaduras, intimidados por los muchachos que les lanzan piedras, o como estrategia para huir del frío y la llovizna.
Las beatas y yo sobre los empedrados y sobre mi espalda la pequeña mochila donde llevo mi equipaje y mi ración de caminante, una navaja, una cuerda, un encendedor, una chaqueta, un libro.
Dejé a las beatas en el atrio de la iglesia, de cuyo techo volaron palomas asustadas por un repicar ronco desde el campanario.
Crucé la desolada plaza sintiendo en mis espaldas miradas de curiosidad e interrogantes.
Dejé atrás al parroquiano que tabaco en boca y enorme llave en mano, se esfuerza en abrir la puerta de su tienda.
Me crucé con un arriero y su mula. Subían ya cansados. El animal cargaba una cantina de metal con leche y de contrapeso un costal con frutas para ofrece en el mercado.
De alguna de las casas de paredes blancas de bahareque, me llega la música montañera de una emisora de radio y algunas voces femeninas que desde los postigos apuraban niños a la escuela.
En la barranca y tras un alambrado a punto de venirse abajo, estoicamente inmóvil un burro flaco y sobre su espinazo prominente, una enorme peladura y sobre ella moscas que vuelan sin dar mucho crédito a las amenazas de la cola del jumento.
La calle por la que ando se volvió comino al perder las piedras que la tapizaban y la erosión me muestra las profundas heridas rojas y pantanosas del camino. 
Mientras desciendo por aquellos canalones que en los recodos forman tragadales que podrían engullir mulas y arrieros, vi allá abajo el río y sobre mi cabeza un cóndor solitario que asciende sobre una espiral de ráfagas de viento tibio.
Le miré sorprendido y sé que él, sobre mí, mira impasible.
Yo en zigzag bajo a buscar el río, él en espirales sube en busca del cabrío.

León M.N. enero de 2014.



domingo, 26 de enero de 2014

ART TEOLOGÍA

ART
     TEOLOGÍA.
Éste tema  me hace pensar en lo que debió ser la el nacimiento del arte, que sin duda nació al mismo tiempo que el asombro y junto con la idea de Dios, la necesidad de comunicar y trascender.

Qué otra cosa pudo sentir el hombre primitivo y las comunidades aborígenes que aun hoy pueblan la tierra, que no fuera, asombro, reverencia, temor y esperanza frente al despuntar del alba tras la planicie para ellos primigenia, o frente al inicio de las noches cuando el sol se mure tragado por la mar y aparecen fantasmas en el firmamento.

Cómo expresar el temor al rayo, el fuego y a su tronar que volando sobre el eco recorre las cañadas e incendia pastizales, augurando guerras, pestes o el ocaso de los días.

Pero al mismo tiempo deja el tizón, que será hoguera en la noche, defensa ante las fieras, calor en los gélidos inviernos, posibilidad de evolucionar de lo crudo a lo y cocido, medio para pasar de herramientas de piedra, a la edad de los metales en la fragua. Gran paso en nuestra permanente búsqueda de energías que nos permitirá migrar de este planeta cuando ya lo hayamos consumido.

Cómo explicarse el florecer de los vientres y el llenarse los pechos y las ubres de leche, para esa interminable cadena de partos con gritos de dolor y al mismo tiempo grandes sonrisas de alegría.

Quién puede responder a la pregunta por el origen de la vida, expresada en la lluvia que hace que la semilla que cayó a tierra se hinche  a tal manera, que reviente y produzca nuevos brotes.

Es algo o alguien que no habla directamente o en el particular idioma de la tribu, pero fue llamado Dios, y Él desde el principio tuvo que ser el que todo lo creó, pues como se ve, tiene el poder y la fuerza para destruirlo todo o hacer que renazca lo aparentemente muerto.

Y fue creando todo lo que se conoce, desde lo más simple hasta lo más complejo y lo crea de la nada, sólo con la magia de nombrarlo. Dijo: tierra, agua, luz, plantas y animales. Y a medida que los iba diciendo y les daba nombre, en ese mismo momento  se hacían, existían, eran.

Cómo ganarse el favor de una entidad tan poderosa que da la vida, crea tempestades, incendia, ruge y mata con tormentas, olas, inundaciones o vientos que traen pestes de los cielos.

Tal vez rugiendo en coro como Él o como Ellos. O cantando tan suave como canta el viento entre las cañas. O danzando cómo danzan las olas, la briza  o los pajonales.

Si, así nació, o pienso yo que tuvo que nacer la música y la danza. Como un ritual para atrapar la fuerza de Dios que va en las olas, el viento, la tempestad y el huracán. Que son la expresión de la ira de los Dioses. Nació el arte como un ritual para calmarlos y pedir su benevolencia.

Y los más diestros y acertados, aquellos que gozaron con más suerte en el propósito, perfeccionaron el ritual del canto y de la danza y llamaron a su oficio: arte y por consiguiente a ellos los llamamos artistas.

Y lo imaginaron, y para representarlo se vistieron con insignias que dieran testimonio de sus poderes, sus virtudes, de su fuerza, de su justicia y también de su misericordia. Para implorar el favor de las fuerzas telúricas ante la guerra y la salud en los días de mortandad por pestes, o para agradecer a Dios, el haber estado de parte de ellos en la guerra.

Y hubo el Dios luz, y el de la guerra que dispara rayos y ruge como el trueno. Y el del amor que es bello y plácido. Pero en nuestro entorno amerindio primó el dios Madre, la Pacha Mama. No pudieron las culturas Andinas sustraerse a la, carnal necesidad del origen de todo como un parto procedente de un vientre femenino.

Y fue su imagen: el mar y la laguna, y los arroyos, la montaña, el vientre, y los pechos henchidos de leche, la tibieza alrededor de la fogata que se volvió hogar y no ha dejado de serlo.

Y hubo cantos y danzas para todo. Para el amanecer, el anochecer y para celebrar el nacimiento y también la muerte, cuyo ritual en la mortuoria, es un nuevo parto de regreso a Chúndua para vivir eternamente en Aluna, en pensamiento.

La intemperie, el sometimiento por largos años al calor, a la lluvia, al frío del invierno, a los ataques imprevistos de las fieras y de los enemigos; y la observación de las guaridas de los animales y las cavernas naturales de donde brotan ríos, hizo que naciera incipiente el arte de la arquitectura, de las fortificaciones.

Intemperie y cobijo, propiciaron que se dividiera el espacio. Y nació el espacio sagrado y el profano. Los artistas, que eran como magos que hablaban con los Dioses cantándoles y danzando, necesitaron nuevos arte e instrumentos. Tambores, flautas de mil formas y coros de variadas coreografías engrosaron el acervo y daban seguridad y esperanza a la feligresía.

Las danzas todas tuvieron dos coreografías básicas. La primera en círculos de izquierda a derecha o en sentido contrario según el propósito de los rituales. Eran ceremonias de conmemoración de hechos importantes al grupo, internos, congregantes. Y la segunda: avanzando en grupo y retrocediendo, eran rememoración o preparación para la guerra, para la lucha tanto con enemigos reales como con enemigos espirituales , en aluna.

Esas obras de arte, que eran el idioma para hablar con Dios, fueron llenándose de significado, de simbologías, muchas veces ocultas para los profanos, y materia de aprendizaje para los iniciados como magos, como artistas. Se volvió el arte, un conjunto de palabras mágicas, formulas, signos, representaciones y mitos para hablar de Dios y hacer que fuera comprensible para los profanos.

El espacio creado por el hombre para huir del peligro y la intemperie, y especialmente el creado para entrar hablar con Dios a través de: los oráculos, los chamanes, los mamos, los curacas, se llenó también de simbolismo y se adornó con sus representaciones de la divinidad y sus poderes. Y fue útero, huevo primigenio, universo en pequeño donde todo lo terrenal y lo eterno está representado.

En la Sierra Nevada lo llamaron Kankurua. Tiene las cuatro direcciones: norte, sur, este y oeste. Tiene una arriba y un abajo, y estadios intermedios que miden la evolución positiva o negativa en nuestro eterno anhelar de trascender, el tiempo, el espacio y el conocimiento.

Tiene ubicadas sus dos puertas orientadas con el naciente y el ocaso, de tal forma que sean reloj de sol y puntos de observación de los solsticios. Es su arquitectura un arte llena de simbología, de mitos y de conocimiento cósmico y teológico.

Esas direcciones y esas dimensiones del vivir están asociadas a los colores mágicos del arco iris, a los que presentan las diversas tierra aptas para la agricultura, para la alfarería, las que son estériles, las que esconden los metales, los cristales, las que propician el surgimiento de las selvas o aquellas donde sólo crecen pastos.

El simbolismo del color y el espacio dio a los artistas una nueva posibilidad de expresarse ante los dioses y de trasmitir los conocimientos que iban elaborando, a los iniciados y la tribu a la que pertenecían. Encontraron el color en los tintes de las diferentes tierras y en los sumos de raíces, tubérculos, hojas y frutos.

La utilización de fuego que dio origen al nacimiento del arte culinario, también favoreció el surgimiento del arte de la alfarería y hubo vasijas utilitarias y otras llenas de la creciente simbología dedicada a los rituales.

Las formas redondas y esféricas que recuerdan el huevo, la semilla, el vientre, el útero y la bóveda del firmamento, fueron vasijas para ofrendas, urnas funerarias, incensarios que poco a poco fueron adornadas  con seres de la naturaleza que  representaban poderes, fuerzas deseadas, enemigos, maldiciones o recipientes para contener otros objetos sagrados.

El nacimiento del arte se confunde con el nacimiento de la sorpresa de encontrarse el hombre aquí y sin saber bien de dónde vino, por qué, para qué y hacia dónde se dirige. Y hubo necesidad de dar a este hecho una explicación. Y ancestros, héroes y personajes nacidos de la imaginación que daban una explicación a hechos de la naturaleza, dieron origen al mito y con él y sus sucesivas reinterpretaciones. 

Nació la narración oral y una insipiente grafía para conservar la historia sagrada que se confunde con la profana, sobre todo cuando de narrar interminables genealogías se trata, o de contar historias que dan cuenta del heroísmo de que fueron capaces los ancestros para llegar hasta aquí y ahora, después de superar grandes pruebas y grandes enemigos.

El transcurrir de días y de noches, de nacimientos y muertes, de inviernos y veranos; crea  en la mente de los artistas que son magos que hablan con Dios y de Dios, un nuevo concepto que es el tiempo.

Y éste se representa unas veces como ciclos que se repiten como las hondas que deja una piedra que cae en mitad de la laguna.

O como la espiral que forma el caracol y que al mismo tiempo es su casa o la nave en  la cual navega por la vida.

O como el zigzaguear de la serpiente cascabel al ascender, y que en su lomo lleva el dibujo que representa las direcciones cardinales y en su cola un resonante cascabel, al que cada año  le agrega un nuevo anillo, para medir el tiempo transcurrido.

La rana en la ornamentación representará fertilidad que es esencial a Dios y el don que esperamos de Él para la familia y la cosecha.

El Jaguar será símbolo de poder, fuerza y liderazgo. Y se asociará a la guerra.

La redondez radiada de luz será el mismo Dios, luz, vida, poder, supremacía.

El agua es orígen y la tierra Madre.

El blanco que es luz, es el color propio del Mamo, sacerdote y artista que habla con Dios y de Dios. Es el encargado de establecer los acuerdos para que el equilibrio permanezca a todos los  niveles del existir aquí y ahora y siempre, en lo terrenal y también en Aluna.

Arriba y abajo. Derecha e izquierda, Positivo y negativo. Masculino y femenino. Bien y mal. Salud y enfermedad. Vida y muerte. Son términos de ese equilibrio, de ese acuerdo que el Mamo debe establecer con la comunidad y con los seres en Aluna.

Quien tiene la fuerza y el poder para destruirlo todo. Quien creó todo con su eterno saber con solo el esfuerzo de nombrarlo, es también dueño y es el origen de todo. Sembrar, tejer, saber hacer vasijas de barro y herramientas, bailar, cantar, tocar el carrizo, son artes que tienen su Dios o Dueño. Dios es el dueño y sólo si le pedimos su permiso podremos ejercer ese oficio. Y nos permitirá ser con Él cocreadores.

Estudiar el arte indígena, sus manifestaciones, sus elementos, su simbología, su aplicación, es entrar en  su teología y comprender sus preocupaciones y las certezas que tienen sobre el por qué, su para qué, su de dónde y su para dónde.

El Arte indígena en especial el de las culturas de la Sierra Nevada de Santa Marta, es un arte sagrado, expresión de su cosmogonía, de su teología.

León Montoya Naranjo.

Enero 22 de 2014

miércoles, 22 de enero de 2014

EL CONSEJO DE ESTADO FALLÓ.

EL CONSEJO DE ESTADO FALLÓ.
El fallo del Consejo de Estado para mi es una falla en el Estado. Es que no me caben en la cabeza, en mi pobre y pequeña entendedera de Chibchombiano las consecuencias de tan enorme falla, perdón, de éste gran fallo.
Instituyeron nuestros ancestros, el Cuerpo de Policía para que defendiera a los ciudadanos. y fueron a buscar en Chile asesoría para que quedara bien instituida, preparada y fundamentada. Y a lo largo de la historia la fuimos especializando en cuerpos como los Carabineros, que van por los campos de a caballo como lo hicieron los viajeros y en mulas como los arrieros o como Ramón en su  mula revolucionaria. Hoy tenemos Policía ambiental, policía de la niñez, policía comunitaria, etc. etc. y nos hemos enorgullecido de ella por su profesionalismo. Porque en otros países, a algunos de sus miembros, los han nombrado disque los mejores policías del mundo, (cosa que me pareció siempre una gran colombianada) pero así ha sido pues eso no me lo inventé yo. Como tampoco me inventé, los sobornos, las mordidas y las tropelías que cometen muchos de los policías.
Cuando yo levantaba, (no sé bien qué levantaba, pero mi papá que era arriero, utilizaba esa expresión para referirse a su época de piernipelido, de adolecente, de joven que ya levantaba, no sé si las cargas de la mula, las cobijas o las novias. Decía que cuando yo levantaba, había en mi pueblo: Armenia mantequilla, policía escolar. Éste era el personaje nombrado por el pueblo y pagado con los pocos impuestos que se podrían recaudar en un municipio tan pobre, cuyo erario público no le alcanzaba a Armenia, ni para salir en los mapas. El policía escolar era encargado de recorrer las calles y caminos cercanos y verificar que todos los niños fuéramos puntualmente a la escuela. Porque la educación además de ser gratuita era obligatoria y con eso no se le violaba a nadie su derecho al libre desarrollo de su personalidad, ni a su libre determinación. Afortunadamente no existían para ese entonces, las organizaciones defensoras de los derechos humanos, de las minorías y de cuanta carajada se han inventado ahora cuando yo ya no levanto, pues todo se me cae y sin remedios azulitos.
Pero antes de que llegáramos al progreso de tener policía escolar; cuenta mi querido y nunca olvidado paisano Don Eduardo Quiceno, en su manuscrito de crónicas de Armenia Mantequilla, titulado, Renglones Torcidos, que el Consejo Municipal se reunió para acordar se expidiera en letra de estilo, una mención de agradecimiento al policía del pueblo, quien después de haber sido elegido por unanimidad, para vigilar el pueblo y habiendo sido pagado con los aportes generosos de algunos comerciantes y finqueros del pueblo, cuya lista y monto de aportes costa en el acta de la reunión de aquel día memorable, había cumplido durante un año sus deberes de una manera encomiable. Pues sí, Armenia Mantequilla durante mucho tiempo tuvo un policía (íngrimo) que vigilaba el pueblito. Elegido por el pueblo y pagado por los paisanos más pudientes, pero vigilado por todos los que él vigilaba para que vivieran en paz y seguridad.
Ahora ya no vivo en Armenia Mantequilla, pero sé que el cuartel de la policía queda en donde una vez funcionaron dos salones de la Escuela Urbana de Varones. Pared con pared, hacia el sur con la casa que fue de Juancito Betancur y su señora Amalia Mejía y hacia el norte con el Hotel de las Hermanas Benjumea, quienes valga la cuña, cocinan como los mismos Ángeles.
Pero por el fallo del Consejo de Estado, y léase bien que dije Fallo no dije Falla del Consejo de Estado; el cuartel de la policía de Armenia Mantequilla lo van a tener que pasar para el municipio de Angelópolis, que tiene en los llanos de la Montoya, al otro lado de la quebrada la Horcona, el lugar más apartado y allí los guerrilleros pueden llegar a masacrar a los policías sin riesgo de que algún cilindro bomba pueda caer en la iglesia o en la Casa Cural.
Ahora vivo en Medellín y con frecuencia leo en los periódicos que regalan en las esquinas, o en los que me entregan semanalmente por debajo de la puerta, que los ciudadanos vivimos muy preocupados porque: “Uno sale a la calle y no se ve un policía ni para remedio”, “Antes era muy bueno y la ciudad muy segura porque uno contaba con el policía de la esquina y no era sino gritar: Policía, policía, cójanlo, cójanlo, y ahí mismito agarraban al delincuente”. “Pero ahora hacemos miles de reuniones con el comandante para que nos pongan el policía del cuadrante y nos dicen que no hay policía para tanta gente” “La cosa está muy difícil y la ciudad muy insegura”
Cómo irá a ser cuando empiecen a cumplir el fallo del Consejo de Estado y el deseo de las FARC, y la policía tenga que salir con sus corotos, de los pueblos y ciudades. Cuando ya no cuenten los uniformados, ni con la protección de aquella valiente y cívica mujer que se interpuso entre los arrinconados policías del ESMAD y la turba de vándalos y terroristas que los querían apedrear en Bogotá.
¡Qué falla la del Estado! Y ¡qué fallo el del Consejo de Estado!
¿Será que tendremos que  ver a la policía llorando de frustración por ser sacado a rastras por los ciudadanos, del sitio de la patria que le habíamos ordenado defender, como a aquel soldado que las minoría étnicas del Cauca sacaron a empellones de ese pedazo de nuestra patria que estaba defendiendo?
Pero eso no es nada. Ahora disque le toca al Estado, con la platíca de nosotros los contribuyentes, pagar las fechorías que hacen los terroristas. Esos hijos de madre, disque pueden hacer lo que les dé su real gana, pues las fuerzas del orden no los pueden retener o atacar, ni mirar feo, porque eso sería discriminación. Y los daños que ellos hagan tendremos la obligación de pagarlos los ciudadanos de bien, porque disque eso es el fallo de la justicia.
En Armenia Mantequilla existía la Acción Comunal y el Mutuo Auxilio, que servía, no para hacer política como ahora y para buscar votos, sino para levantar el colegio cuando hizo falta, o para arreglar la escuela cuando era necesario, para enderezar los caminos o sacar los derrumbes de la carretera. Para reconstruir las casas quemadas por los incendios ocasionales. Nadie le cobraba al municipio indemnizaciones  por falta de alertas tempranas contra terremotos, o par falta de Cuerpo de Bomberos, o falta de acueductos para apagarlos. Esas eran calamidades que los vecinos solucionábamos sin necesidad de demandas y fallos de Consejos de Estado, o Cortes Constitucionales, o Cortes Supremas de Injusticias. Eso lo arreglaba el civismo y la solidaridad ciudadana.
La reconstrucción de este país la venimos haciendo los ciudadanos porque somos vecinos, amigos, familia, no porque lo ordene ninguna ley. Lo hacemos porque somos hombres de la misma especie, que está y siempre ha estado y seguirá estando en peligro. La construcción de la patria y la reconstrucción de las carreteras voladas, los puentes destruidos, las escuelas quemadas, las iglesias, mezquitas, sinagogas y templos destruidos por los infames guerrilleros, la seguiremos haciendo los vecinos, los amigos, las familias, los fieles de cada religión y a nuestro costo. No hemos requerido, ni requeriremos en el futuro para seguir haciéndolo, que ningún Consejo de Estado falle diciendo que tenemos por obligación que echar de nuestra vecindad a la policía y que los daños que el terrorismo nos cause, los tenemos que pagar todos los ciudadanos por obligación.  No señores, lo seguiremos haciendo porque somos solidarios y esa solidaridad no la vamos a dejar matar por la ley que se inventen unos pocos.
Queremos al policía de la esquina, en la esquina de la cuadra.
Queremos al policía del cuadrante a un clic de nuestros teléfonos celulares.
Queremos al Consejo de Estado, desprovisto de su poder y de sus influencias, e igual suerte para la Corte Suprema, la Corte Constitucional, la Procuraduría y muchas otras ías, que más que ayudarnos a vivir en paz y civilizadamente, nos han confundido, enfrentado y separado.


León M.N. enero 22 de 2014.

viernes, 17 de enero de 2014

AMO MI FIRMAMENTO

AMO MI FIRMAMENTO
Amo este lago que hay arriba y es mi techo, porque cuando estoy en lo alto de los cerros, sé que he bajado a sus profundidades. Y lo amo no porque en él se expandan los estruendos de la guerra, sino porque hacia él apuntan las miradas de los niños que vuelan detrás de mariposas. Y hacia allí va la ensoñación  de los enamorados, y el cristal de la lágrima que rueda entre arrugas desde la ventana. Y la neblina que forma hilos o trazos como de tiza sobre su cerúlea pizarra. Cada que yo ocioso lo deso, me regalan las nubes: caballitos que galopan, osos, cabritos y príncipes y hadas.
Y lo amo no porque sea mío, que lo es, y enteramente mío, sino porque lo cruzan las garzas como barcos que migran sin saber a dónde, como siempre lo han hecho los exploradores. Llenos de fe en que hallarán tesoros y países de encanto y bailarinas y viandas y licores que perfuman las noches, en las que se escudan los poetas y cantores amantes, esperando ser escuchados sólo por su amada.
Lo amo no por ser el depósito del esmog que expelen los aviones bombarderos y las chatarras de autos empujadas por mala gasolina, o porque sea la vía que me trae chirrido de sirenas. No, no es por eso. Es que cuando estoy en la colina, en sus olas, en las crestas de sus olas me llega rumor de caracolas y un coro de ninfas y los reclamos de amor de las ballenas.
Amo que el viento me acaricie, no por su olor a pólvora y metralla. No porque haya visitado socavones oscuros y sacado de allí gases mortales. Lo amo por pícaro y astuto, que va recorriendo parques y jardines y se enreda entre faldas, pañuelos y entre trenzas y a todas les roba sus perfumes.
Amo ese lago oscuro que es la noche con chal de lentejuelas, que a veces cruzan ráfagas de fuego. No del fuego que vomitan los cañones, ni los rifles, ni las bombas incendiarias. Es el fuego de dioses generosos que  nos regalan la chispa de la hoguera. Amo la noche que cobija a los sin techo y no la horrible lluvia que moja sus cartones y tampoco las promesas vanas de quienes se hacen elegir ofreciendo una ilusión de hogar a quienes sueñan que les harán respetar ese derecho.
Amo la soledad de los acantilados, no porque hayan sido la tumba de muchos desaparecidos, el despeñadero donde se arrojó a un rival político o la cripta que oculta un alevoso crimen. Los amo porque su silencio hace que sean como ermitas; me llevan a la meditación, hacia mi madre ida y hacia el callado trabajo de mi padre.
Amo la radio que llena las casas, las cantinas, las calles con bambucos, con tangos, con boleros, con rocanrol y salsa y con bachata. No la de los noticieros, recuentos de crímenes, sobornos, corrupción, mentiras, abusos, tropelías.
Amo las plazas repletas de paisanos en días de mercado y en las ferias, con cantos, con pregones vendedores, con gritos infantiles. No con arengas y promesas de oportunistas mesías que hoy llegan y no vuelven, no escuchan, prometen y se olvidan.
Amo las mañanas de lunes con una fila de niños con cuadernos que van hacia la escuela y también amo los recreos. Sobre todo aquellos que no son interrumpidos con el estallido de los cilindros bomba que lanzan los que disque van a liberar al pueblo.
Amos los cafetales con cosechadores y con chapoleras, y el retozar de algunos de ellos que se enamoran y siembran los hijos a la sombra de guamos, nogales y algarrobos. Amo a sus hijos universitarios, artesanos, músicos y deportistas, no a los que solapadamente los reclutan como guerrilleros rasos, como mulas, como prostitutas.
Amo la neblina, las fuentes de agua, los arroyos, las lagunas y los ríos. Los amos porque llevan vida a todas partes donde los conducen los canales, las acequias, los pozos, los aljibes. Su generosidad es infinita y choca con la indolencia de funcionarios públicos que no dejan que el agua ruede hasta la casa del sediento. Con la avaricia del minero y del agricultor que contamina. Con la torpeza del ingeniero o constructor que deseca los pantanos y los humedales. Amo del agua, que se resiste a que la contengan, se derrama, rebosa las represas y quiere llegar a todos, pues a todos es que pertenece.
Amo que un día, espero no lejano, esa pertenencia sea una verdad de a puño, una real certeza para todos.
León M.N. Enero 2014.