miércoles, 16 de enero de 2013

VOCES


VOCES

Voces que creí ya idas.
Aquellas que borré por siempre
Las que escuché cantar y las que me cantaron.
Las que susurraron en mi almohada.
Que rumoraban detrás de las paredes, tapadas con la mano y al oído.

Otras como susurros que con la briza iban,
Gritaron esta noche en mi camino.
Maldijeron como lo hicieron siempre.
Predicaron viejas profecías, rogando que ocurrieran.
Suplicaron y oraban se apiadaran de ellas.

Llegaron las que a diario mendigan  y seducen con sus llagas,
Sus hilachas y su mirada lastimera.

Estaban allí las que de profesión consuelan y dicen perdonar pecados.
Esas voces que acogen como deber a los que lloran.
Aquellas que incitan a acoger y esperan que no se acabe la materia prima.

Han llegado también conspiradoras buscando  una razón a estar presentes.
Arengan, confunden, engañan y cantan victoria nuevamente.
Aúllan las que fueron derrotadas.
Arguyen infamias, tropelías y piden se le tenga en cuenta.

Acompañan su ensordecedora algarabía, las que informan, analizan o disienten.
Rugen las inconformes, las reaccionarias, las recalcitrantes y ortodoxas.

Y ahogadas, acalladas, silenciadas, las de siempre: las que tienen por deber:
Sufrir, ser violadas, martirizadas y santificarse.

Todas me llaman esta noche y quieren que me una, cada una a ellas.

Y desde lejos escucho mi  grito de terror y callo.

León. 01.01.13.

miércoles, 2 de enero de 2013

LA TERNERA DERROTADA



Ternera Derrotada.

La noche anterior me habían puesto los Santos Oleos, pues disque me habían notado muy decaído y a veces como que entraba en agonía.  Aquella madrugada me fue invadiendo la nostalgia por mi pueblo, así que cerré los ojos y cogí mi carriel, fui la Terminal del Sur y en el bus de siete llegué a deshacer los pasos a Armenia Mantequilla.

Al llegar a la plaza había una algarabía tal, que creí haber llegado en día de feria. Como es costumbre, al bajar del bus fui a la primera cafetería que vi, pedí que me despacharan una gaseosa con empanada y me senté a observar por si veía alguna cara conocida. Así me pude dar cuenta que la algarabía era por una ternera negra que andaba persiguiendo a un tipo flaco, alto de gafas, que a primera vista se me pareció a Chamizo. Toda la gente gritaba asustada y con ruanas, ponchos y sombreros, trataban de distraer a la ternera para que dejara tranquilo al pobre Chamizo que ya está muy viejo. Pero nada, el animal seguía detrás del pobre hombre que no hallaba donde esconderse.

Cuando el mesero de la cafetería me sirvió mi refrigerio le pregunté: - ¿Y que es lo qué pasa, es que están en fiesta? – No Señor, me respondió. – Lo que sucede es que desde hace como tres meses apareció en el pueblo ese animal. Aquí lo llamamos: La Ternera Derrotada. Cuando usted menos piensa siente que viene detrás de usted el bendito animal y si no corre rápido a buscar burladero, lo ensarta en los cachos y le da una revolcada que lo deja de hospital y luego desaparece, sin saberse para dónde coge. Ese demonio de animal, de día es negra y si le sale de noche es banca, pero es la misma. Se le conoce por que es tunca o tunga como decimos por aquí.

¿- Cómo es la cosa, es que cambia de color la condenada? Es que no le he explicado. Esa no es una ternera de verdad. Es un espanto que sale los lunes, por que antiguamente, cuando de aquí salía ganado para la feria de Medellín, lo embarcaban en un embarcadero que había en La Cumbre, a la salida del pueblo. El embarcadero se acabó hace muchos años, pero la vaquilla esa se quedó como perdida a apareció hace poco, para divertir a los muchachos del pueblo que gozan viendo correr a la gente, perseguida por el ganado derrotado.

Ahora sí que no le entiendo nada. Es un espanto, pero no asusta, divierte a los muchachos. Pero al pobre Chamizo lo hizo correr y casi que lo embiste.

Permiso me siento y le cuento toda la historia:
Hace muchos años, por allá en los años 60s y 70s, aquí en el pueblo no había ni cine, ni televisión, ni discotecas, ni futbol, ni basquetbol, ningún deporte y ninguna diversión para los muchachos escueleros y menos para los que ya habían terminado la escuela.

Los muchachos nos divertíamos labrando horquetas de caucheras para ir al monte a cazar pájaros y arditas. Con tablitas delgaditas como de veinte centímetros de largo, amarradas a una cabuya, hacíamos zumba zumbas. Hacíamos yo yos con botones grandes y aplanchábamos las tapas de gaseosas y con ellas construíamos juguetes.

También coleccionábamos cajetillas de cigarrillos, las que doblábamos muy buen, así como se doblan los billetes para guardarlos en los bolcillos. Las cajetillas más comunes eran las de Pielrroja y esas tenían el valor de un peso, Las de cigarrillos President, valían cinco pesos y las de cigarrillos finos como el Camel, el Biseroy, y otras marcas, tenían un valor de 10 pesos. Jugábamos con bolas así: Por una cuarta tenías que pagar un peso, un jeme pagaba 5 y un pipo pagaba 10 pesos. Si a uno lo pelaban en el juego no tenía sin que ir al basurero o a las cantinas a buscar cajetillas para poder volver a entrar al juego.

Bueno, pero usted me está enredando la pita. ¿Qué tiene que ver eso con la Ternera Derrotada?
Muy sencillo, los lunes la diversión cambiaba. Nos íbamos a pistiar a los caminos a la entrada del pueblo a esperar que llegaran los vaqueros de las fincas arriando el ganado para llevarlo al embarcadero. Cuando el ganado ya estaba en las entradas del pueblo, comenzábamos a correr detrás de él y a gritar para que se derrotara por todo el pueblo y de esa manera la gente corría a esconderse y a encaramarse en las ventanas de barrotes para evitar que las vacas los atropellaran. Eso era una delicia.

Volviendo a la vida en aquellos tiempos en el Armenia, los muchachos sin nada qué hacer, Comprábamos bolas de cristal en el almacén de Doña Cruz Ana, donde don Jorge o donde Don Horacio Montoya. A mí personalmente no me gustaba comprar donde Don Horacio, aunque eran más baratas, porque ese Señor era muy bravo y tiro por lapo, salía uno regañado. Cuando no teníamos plata nos íbamos al monte a coger chumbimbas, que son unas semillas redonditas, negras y duras o a coger chochos al Tambor y con eso jugábamos, al Perseguido, al palmo, al Arroyuelo, a los pares y nones y muchos juegos que los muchachos más grandes nos enseñaban en la escuela.
Pero hombre por dios, ¿Qué pasó con la Ternera Derrotada?

Es  que recordando esas jugarretas se me va el hilo de la conversa. Cuando el ganado se desparramaba por todo el pueblo, los vaqueros se demoraban mucho para reunirlo nuevamente y hasta la policía tenía que ayudar teniendo quietos a los muchachos para que dejaran de molestar.

Cuando el ganado llegaba al pueblo en horas de clase, nos perdíamos las Corridas de San Fermin en Armenia Mantequilla, pero nos desquitábamos, pues nos escapábamos de la escuela y nos encaramábamos en las guaduas de los corrales del embarcadero y desde allí hacíamos escándalo tratando de que las vacas se asustaran más y no entraran al embudo y en vez de entrar al camión saltaran a la calle y ahí sí era la fiesta corriendo detrás de ella y viendo a las viejas y a los señores correr a esconderse.

Con decirle que una vez que hicimos derrotar un toro grande, bajaba de la plaza un viejito que era bizco, de esos que tienen los ojos tan torcidos que en vez de ver una persona, ven dos. El toro iba calle abajo y él venía en contravía. Del susto y la bizquera que tenía vio dos toros que se le venían encima y también vio dos ventanas, entonces se subió a la ventana que no era y lo agarró el toro que sí era. ¡ Qué revolcada tan verraca la que le pegó ese toro.

Los sábados que no había que ir a la escuela nos poníamos a jugar con tiratacos hechos con los frasquitos de anestesia que botaba el dentista del pueblo que era don Raúl Velásquez. También jugábamos guerra con bodoqueras y a los bodoques que hacíamos con hojas de cuadernos viejos, les poníamos espinas de naranjo en la punta para chuzarle las nalgas a los de ejército contrario cuando les disparábamos. Era común que jugáramos a los Policías y Ladrones, a la Pelota Envenenada, Guerra Libertada y nos íbamos a los potreros cercanos a torear los terneros grandes.

Hombre por dios y a propósito de torear, ¿qué pasa con la Ternera Derrotada?
Qué pena con usted, siempre me desvío de lo que le estaba contando, por recordar esas épocas en las que aquí en el pueblo no había nada qué hacer.

Le cuento que el padre Gonzalo Rivera, quien es el Párroco de acá. Ya conjuró a la tal Ternera Derrotada, para que se vaya de estos lados y deje de asustar a la gente, pero nada que se va.
 – Hombre ¿qué es eso de conjurar? –  es como un exorcismo para animales, que reza el padre, después de los bautismos de las once y antes de empezar la misa de doce.
Toño Verriondo, que es un señor muy bravo del pueblo y que es el  verraco para enlazar ganado; una noche que subía de la casa de él que queda allí abajito, vio la ternera blanquita que resoplaba y escarbaba la tierra queriendo envestirlo. Se devolvió a la casa y sacó una soga de cuero que tenía en un garabato en la pesebrera. Le abrió bien  el ojo de enlazar y se la tiró enchipada a los cachos del animal y la agarró. Tan pronto se dio cuenta el animal que lo tenía enlazado, dio media vuelta y empezó acorrer calle arriba. Toño Verriondo no soltaba la soga y a veces arrastrado, otras corriendo o rastrillando contra el empedrado del suelo iba detrás de la ternera. Pasó par la cumbre como Alma que lleva el Diablo. En la boca calle de la María siguió rumbo al Encenillal y Toño pegado de la soga no la soltaba, ni la podía detener. Pasó como una exhalación por enfrente de la Escuela de la Loma y por la portada de la entrada para la Finca de la Unión. Por el camino en frente de la casa de Bacina, pasó dando tumbos de barranco en barranco y Toño no la soltaba. La verraca ternera pasó por el Lobo y esos potreros faldudos y no se detuvo hasta que no llegó a la orilla del Cauca. Allí dio un resoplido y como ya estaba amaneciendo el martes, se desapareció y quedó Toño, más Verriondo, que su apodo.
Yo no sabía ya si creer o no creer las historias de La Ternera Derrotada, y como ya se acercaba el medio día, le pregunte al mesero, dónde quedaba el hotel del pueblo y me fui a almorzar. Luego de que hice la siesta en una silla perezosa que había en el corredor de atrás junto a la cocina del hotel de Doña Dévora, salí nuevamente a la plaza. Allí seguía el jolgorio con la ternera que no dejaba salir de una cantina, al pobre Chamizo, porque si salía tenía que correr mucho para que no lo revolcara.
El espectáculo siguió toda la tarde, pero yo me regresé en el bus de cuatro, llegué a  mi casa y como ya había deshecho mis pasos, me acosté y me morí tranquilo.

martes, 1 de enero de 2013

LA NOVIA PLANTADA


La Novia Plantada


Estaba sentado en el Café en la esquina de debajo de la plaza, aquel que llamábamos El Asilo, esperando que Don Eduardo Quiceno le sirviera un tinto, antes de entrarse para misa de seis de la mañana, cuando una muchacha vestida de blanco se sentó en su misma mesa y le dijo:
-          Casi no llegás pues…
-          ¿Qué dice usted?
-          Que pidás otro tinto para mí que ya estoy con hambre de tanto esperarte.
Llamó a Don Eduardo y le dijo que sirviera otro tinto para la dama y señaló hacia el taburete que estaba junto al suyo.
Don Eduardo se rió y le preguntó:
-          ¿Para cual Dama, hombre Garcés?
-          Para la Señorita y volvió a señalar el mismo taburete.
Don Eduardo se persignó y salió corriendo para la calle diciéndole:
Párese rapidito de ahí y vallase para la iglesia que a usted lo está espantando La Novia Plantada.
Alfonso no se inmutó, creyendo que se trataba de una chanza de Don Eduardo, lo cual no era raro en él, que era muy buen conversador y siempre sorprendía a sus clientes con alguna historia rara.
Viendo que el cliente seguía aguardando que le sirviera el tinto, Don Eduardo, entró aunque con mucho recelo a su tienda: coló el café, lo vació en el termo con tapa de corcho y le sirvió uno al parroquiano que esperaba.
-          Don Eduardo, por favor, no sea desatento, le pedí dos tintos uno para mí y otro para la bella dama que me acompaña.
El dueño del negocio sintió que se le helaba la sangre y con miedo a incomodar a la aparición que estaba viendo el cliente, fue a servirle su café y al ponerlo sobre la mesa casi lo riega pues las manos le temblaban del pavor. Se alejó sintiendo que la Novia Plantada lo iba a agarrar por la espalda. Se paró detrás del mostrador y con los ojos que se le querían salir de sus órbitas no dejaba de mirar la mesa que ocupaba el solterón al que estaba enamorando el espanto de la Novia Plantada.

Lo vio conversar tranquilamente como si estuviera acompañado por alguien que Don Eduardo no veía, pero Alfonso sí.
-          No señorita, usted se equivoca, yo nunca la visité en su ventana, ni concerté con sus padres ninguna boda, yo no soy su novio.
-          Bien me decía mi mamá que no le hiciera caso a un solterón. Que usted solo era por engañarme. Que nunca se casaría conmigo. Y Yo de ingenua me entregué en sus brazos y vea con lo que me sale hoy.
-          Señorita usted debe estar enferma. Usted dónde vive, si quiere yo el acompaño hasta su casa para que su mamá la saque de las dudas…
Y salieron calle debajo de gancho a buscar la casa de la Novia Plantado.
Don Eduardo se quedó echándose bendiciones,  rezando a las almas del purgatorio y pasteando a ver quién venía por la calle para que le ayudara a Salvar al biato Alfonso de lo que le quería hacer ese espanto.
Pero cómo todavía era muy temprano y no había amanecido aun, nadie pasaba por la plaza.
Estaba cerrando el café para irse para la sacristía a contarle al párroco lo que acababa de ver, cuando subió como alma que lleva el diablo el espantado. Don Eduardo, Don Eduardo, gritaba. Me acaban de espantar y ese espanto me quería violar allí en la pesebrera de Víctor Estrada.
Temblaba de pies a cabeza y estaba lívido como las velas de la iglesia de sólo pensar que a él, que se había conservado virgen hasta los 52 años, casi lo viola un fantasma en el cajón de una pesebrera.
Don Eduardo abrió nuevamente su negocio y le sirvió otro tinto bien cargado de azúcar para que le volvieran los colores y le contó que él no era el primer pretendiente de la Novia Plantada. Que ella le arrastraba el ala a todos los biatos y solterones del pueblo, en venganza de uno que hace ya muchos años la dejó en las puertas de la Iglesia vestida y alborotada.

Esa misma tarde Alfonso compró un sombrero aguadeño de los finos, se puso su pantalón y su camisa blanca de manga larga y así como era su costumbre descalzo, se fue a visitar a su novia de toda la vida y le propuso matrimonio.

Si usted tiene más de treinta años y no se ha casado, no se siente solo en las bancas de la plaza de Armenia Mantequilla, ni en ninguno de sus cafés o cantinas, y mucho menos le acepte conversación a una muchacha de bata y cachirula blanca, que sin lugar a dudas se trata de la Novia Plantada que lo quiere enamorar.




martes, 18 de diciembre de 2012

AMO EL SILENCIO


AMO EL SILENCIO.

Hoy  a media mañana aun alta la luna mengua ya su disco blanco.
Y en el trópico una luz ártica con visos boreales y sombra azul.
Amo el silencio.

Calle la radio y los parlantes de música estridente.
Silencio a los discursos de paces concertadas por ladrones
Que ladran y con el rabo entre las patas mostrando los colmillos.

Escuchen, el viento canta entre maizales secos.
Calle ya el fanatismo predicado. Encierren a los fans engrilletados
Sólo el tambor del azadón cuando abre el surco.

Desde el satélite no  existen las fronteras.
Todos entendemos el idioma de los besos, el abrazo y el silencio.
La luz del sol por los cristales y también a los patios en tierra.

Paso a los niños que llegan al recreo.
Cállense los que rezan, lo que legislan, los que informan.
Amordazados escuchen en silencio las rondas infantiles.

Que corra el agua limpia desde el páramo lejano
Y mueran de sed los que profanan a la madre tierra.
Al horno los que buscan oro y lo lavan con mercurio.

Se construirá una torre sin ventanas ni respiraderos
Allí  los que cagan en los parques y orinan en la vía.
Los que no reciclen sus basuras.

En un enorme tambor de piel de hienas
Encerraremos a los que tiran pólvora y lo enseñan a los niños.
Golpearemos el tambor hasta que sangren  sus oídos.

Que le corten las lenguas a los que prometen bienestar
Y lo quieren trocar por adhesión y votos.
Que los parques se vuelvan huertos y talleres las iglesias.

Las madres maldecirán en el parque a los políticos corruptos,
A los empresarios injustos y a los funcionarios incapaces.
Y con el culo al viento les darán cien correazos.

Un grupo de enfermeras con delantales blancos
Castrarán a todos los pedófilos y azotarán de madrugada
A los que comercian  la inocencia.

A los sacerdotes de cuanto dios se han inventado
Con el hacha de piedra les arrancaremos sus tonsuras.
Y en una cueva condenada cantarán eternamente sus salmodias.

Cuando amanezca nuevamente el sol y canten las aves
Y bramen los becerros y ladren los perros en el monte
Proscribiremos el podrido patriotismo y los nacionalismos.

Viviremos la libertad de ser hermanos, vecinos, coterráneos.
Aplaudiremos la diferencia, daremos la bienvenida a lo extraño
Y aprenderemos a decir te quiero en todos los idiomas.

Hoy no quiero ser paisano, ni patriota, ni copartidario.
Ni ser de aquí, ni ser de allá y más allá de eso
Sólo quiero ser humano y existir como existen otros animales.

León M.N. Dic. 2012.

jueves, 13 de diciembre de 2012

LAS COSAS QUE ME PASAN III


Capítulo III

Había pasado mucho tiempo, ya era el año 1973. Salí a las seis de la tarde en el tren que de Bogotá va Santa Marta, con la esperanza de bajarme en la estación de Chiriguaná al sur del Cesar y de allí seguir en Chiva hasta Valledupar. Si todo salía bien estaría llegando a Valledupar como a las 10 de la mañana, con tiempo para coger una jeep que me llevara a Atanquez y de allí seguir en  mula para Donachuí, el pueblo de Indios Arhuacos donde yo era maestro rural.

Todo salió casi como lo había pensado. La única demora que tuve fue pasar de la estación de Chiriguaná, que queda en un sitio llamado Rincón Hondo, por el calor tan verraco que hace allí, hasta la carretera por donde pasan los carros que van de Bucaramanga para Valledupar. Allí en medio del calor y del polvero que levantan los carros cuando pasan, esperé hasta que pasó una chiva en la que se leía Valledupar y un muchacho con un trapo rojo y colgando del lado de la chiva, gritaba: Pa´l Valle, suban los que van pa´l Valle.

De ahí en adelante todo fue muy bien: el polvero que entraba cada vez que la chiva se detenía a recoger o dejar pasajeros, el radio del chofer con parlantes a todo lo largo del vehículo, gritando los últimos discos con canciones de Alejo Durán, los pasajeros que pedían bolsas al fogonero, porque iban mareados y ya iban a vomitar y la llegada a la Cinco Esquinas en el centro de Valledupar, al lado de la Galería donde cuadran los jeeps que van para Atanquez.
Tuve suerte, pude comprar el primer tiquete y me acomodé con mi morral en la ventanilla del puesto de adelante que es el más fresco. Le compré una paleta a un vendedor ambulante y una bolsita con carimañolas para calmar el hambre que traía. En pocos minutos se ocuparon los otros puestos con viajeros y sus abultados equipajes y tomamos rumbo a la Sierra por la carretera que va como para Pozo Hurtado. En quince minutos ya íbamos dando votes por la carretera destapado y un poco más adelante se perdía la carretera y ya íbamos sobre una trocha llena de piedras, canalones, cruzada por ríos y quebradas. Allí todo se nos sacudía, mejor que en el tren. Hasta la conciencia se me removió.

Luego de unas tres horas de zangoloteo, llegamos a las calles de Atenquez, saludé a Olguita Mindiola, le pagué a un muchacho para que me trajera y ensillara la mula que mis compañeros de Donachuí me habían enviado y cogí loma arriba apurando al pobre animal, pues ya se me estaba haciendo tarde para llegar a Donachuí y era probable que me cogiera la noche.

Cada vez ascendía más en aquellas montañas y la temperatura bajaba, al punto que tuve que sacar del morral mi ruana y arropado en ella continué resignado al paso de la mula, que por más que la taloneaba, no se daba por enterada y seguía a su mismo paso: despacio o más despacio.

Montado en la mula yo no tenía problema, ella conocía mejor que yo el camino y cuando me entumía de estar allí encaramado me bajaba y caminaba un poco.

Como a las seis de la tarde había logrado coronar el cerro de Yosagaka y aun me faltaban unas dos horas para llegar a Donachuí. El cielo estaba claro y con colores de arrebol, y de pronto un viento seco extraño me envolvió. Como cargado de electricidad. Como zumbándome algo en los oídos. Se me pararon los pelos de la cabeza y de los brazos. Me puse arrozudo como con piel de gallina y el corazón se me quería salir del pecho. Estaba asustado, espantado, es la palabra precisa para lo que yo sin querer y sin saber por qué, estaba sintiendo. Al mismo tiempo sentí que ese viento era como una fuerza que me quería alzar con mula y todo. Aquella sensación duró sólo unos segundos que a mí me parecieron una eternidad y, pasó, se fue como si corriera  delante de mí en el camino y se alejó.

Lo más extraño fue que yo quedé tranquilo, sin miedo, como si nada me hubiera pasado. Continuamos mi mula y yo paso entre paso, ya bajando hacía el Río Donachuí y hasta canté algunas canciones de las que por esa época de los 70s estaban de moda, sin duda que también grité a pecho herido algunos tangos, hasta que sentí hambre, busqué en el morral las carimañolas que había guardado como fiambre y me las comí.

Me estaba limpiando la manteca que me quedó en la boca con las mangas de la camisa, cuando nuevamente siento por detrás de mí ese viento seco, esa corriente eléctrica, ese zumbido en los oídos, la piel de gallina y los pelos parados. Y sin poder evitarlo ese tirón hacia arriba que me alzó con  mula y todo. Yo pegué un grito que se debió escuchar hasta en la Nevada y en Valledupar, y la mula, fresca, como si nada estuviera sucediendo. Seguía paso entrepaso, pero en el aire.

Yo me agarré fuerte al cacho de la montura para no irme a caer, pues si me caía seguro me mataba pues ya estábamos muy altos sobre el cañón del Río Donachuí. Cuando alcancé a ver el pueblo empujé a la mula hacia abajo y la taloneé para que descendiera y me dejara frente a la casa, pero ella ni corta, ni perezosa, comenzó a galopar como nunca lo había hecha, con rumbo a Sogrome que es un pueblo queda más arriba. 

Esa sensación de viento seco en el que viajábamos mi mula y yo, no se detenía y nos llevaba culebreando como cometa al viento por las faldas de los cerros, llevando el mismo rumbo del río pero corriente arriba.

Oscureció del todo y ya estábamos sobre Mamankana. Brillaban en lo alto las estrellas y la mula seguía galopando alegremente sin necesidad de que lo la apurara. A lo lejos pude ver los picos nevados que brillaban como si fueran de plata, pues los alumbraba la luna que pronto iba a aparecer detrás de ellos. Vi las lagunas sagradas de la Sierra, la más bella de ellas que es: Ati Navova. Desde arriba se veía como un cielo pequeño, pues en ella se reflejaban los picos nevados y también las estrellas.

A mí me fue pasando el susto y me dediqué a contemplar aquel paisaje tan hermoso. Desde arriba pude ver el mar y la bahía de Taganga. A la derecha se extendía la Guajira como una manta de oro sobre un mar azul oscuro. Vi el nacimiento del Guatapurí más arriba de Maruamake, bordeando el cerro Sarachuí. Lo vi descender por Guatapurí y Chemezquemena, pasar por un lado de Atanquez y llegar a Valledupar y coger por la sabana rumbo a encontrar el Magdalena. A la izquierda vi platear con la luna los platanales de la zona bananera. Vi a Macondo y la casa de la Mama Grande, pasé sobre Ciénaga y Fundación. Y después de sobre cabalgar a Santa Marta, llegué de nuevo a las playas de Taganga. Sin quererlo y volando a lomo de mula le dí la vuelta a la Tierra de los Arhuacos, los Kogi, los Wiwa y los Kankuamos, siguiendo la Línea Negra que desde antiguo trazó Serankua, Como territorio para que vivieran nuestros Hemanitos Mayores.

La mula, sin que nadie le dijera, me dejó en la playa al lado de la carretera que va para Santa Marta y se alejó rumbo a Ciudad Perdida. Yo me quedé allí esperando que amaneciera, le puse la mano al primer bus que pasó y al llegar a la cuidad fui a la estación y compré un tiquete de regresó a Bogotá y no quise regresar a la Sierra, pues por allí siempre me pasan cosas muy rara.

León M.N. Dic. 2012.








LAS COSAS QUE ME PASAN.


Capítulo II

Era el año de 1968 y una tarde luego de un medio día caluroso y húmedo, me encontraba sentado en el recibidor de mi casita. Era como una salita sin paredes y rodeado de una chambrana de maderos que formaban a lo largo figuras como de equis. Mi casita era un bello palafito. Esto quiere decir que como estaba muy cerca al río San Juan y muy cerca de la desembocadura de éste en el océano Pacífico, las casas había que construirlas sobre pilotes, pues las mareas eran fuertes, represaban el río y éste inundaba los terrenos planos.

Yo sin pensar en nada estaba simplemente, haciendo pereza. Una pereza que me estaba quedando muy bien hecha y viendo pasar el río, que parecía tener más pereza que yo. Hacía varios días, dos o tal vez tres, que no llovía y por eso el río iba limpio hacia el mar. Me distraía mirando las sombras y las luces que forma el sol sobre las ondas del río y las nubes que en ellas se reflejan. A veces también pasaban garzas reflejadas y al otro lado del río la selva también se reflejaba y parecía una selva doble: una en el aire y otra sumergida y en medio de ellas a veces pasaban canoas que también se repetían reflejadas en el agua.

Muy cerca de la orilla junto a mi casa comencé a ver una sombra alargada que subía en contracorriente. Serpenteaba y vibraba de manera diferente a las otras sombras que estaba observando. Parecía que tenía vida propia. Pasaba y pasaba y no terminaba de pasar, era como una enorme serpiente, muy larga y muy gruesa. Cuando pensé que podía ser una serpiente gigantesca me asusté. Superando el temor que me causaba lo que estaba viendo, me levanté de mi silla y caminé hasta la orilla para poder mirar mejor. Mientras caminaba hacia la orilla del río recordé las leyendas del Bufeo que había escuchado varias veces en bocas de los vecinos de las orillas del San Juan.

Me acerqué con mucha precaución, me subí en el muellecito de madera donde atracaba mi potrillo y mi lancha y desde allí pude ver mejor. Era algo raro y enorme, de más de un metro de diámetro y de muchísimos metros de longitud, que remontaba el río como una enorme boa. Pero no parecía tener una consistencia sólida, al moverse parecía que fuera transparente. Pasaba sin inmutarse debajo de mi canoa, de la lancha de aluminio y del muelle y seguía río arriba.

Pensé que en realidad era el bufeo que había salido en búsqueda de señoritas que a esa hora estuvieran solas lavando ropa a la orilla del río a bañándose en algún remanso de los que se forman cuando el río da una vuelta. Pero me había dicho que el bufeo era como un enorme delfín de agua dulce y lo que yo estaba viendo se parecía más a una boa colosal y no a un delfín. También a ese mítico ser lo llaman Madre de Agua y gusta de las niñas que ya se están haciendo mujercitas. Las agarra y se las lleva hacia el fondo del río y allí convive con ellas y nadie vuelve a saber de ellas. Sólo en las noches de luna llena se les escucha cantar muy bello pero cantan canciones muy tristes.

Estuve allí mirando pasar esa enrome cosa que no acababa de pasar y como no le vi nada amenazante me subí a mi potrillo, cogí mi remo que era de los largos y adornados en la puta de arriba que en el San Juan los llaman cayapas, y comencé a remar agua arriba tratando de alcanzar la cabeza de ese animal para poderme cerciorar de qué animal era.

Por mucho que remara no podía alcanzar la punta del animal pues ya hacía mucho tiempo que había pasado frente a mi casa y me había cogida mucha ventaja. Entonces decidí que seguiría remando hasta llegar a la casa del Negro Marcelino y con él comentar ese acontecimiento. Él sin duda me sacaría de las dudas sobre la verdad de aquel extraño fenómeno.

Cuando logré ver la casa de Marcelino, vi que toda la familia estaba fuera y muchos metidos dentro del agua, que allí en la orilla no los tapaba. Mi susto fue grande, pensé que estaban peleando con el monstruo que sin duda había agarrado a una de sus hijas y luchaba para llevarla al fondo del río. Remé con todas mis fuerzas para llegar a tiempo de ayudarles a defender a la niña.

Al acercarme pide ver que no tenían ni palos ni machetes para atacar al monstruo. Cada uno de los que estaban en el río, tenía un canasto medianito, lo metían en el agua y lo pasaban a los que estaban en la orilla. Estos vaciaban algo en grandes ollas y lo devolvían a los del río.

Qué forma tan extraña de luchar por la niña, pensé yo y remé y remé fuerte para acercarme.
Al llegar cerca les grité: ¿Qué es lo que hacen?

Hombre León, aquí aprovechando la subienda de viuditas para conseguir comida.

Yo no terminaba de asombrarme, les estaba pasando un monstruo entre las piernas y ellos no se habían dado cuenta del peligro.

Al tocar tierra y estar en la orilla un poco por encima del agua pude ver bien lo que hasta ese momento me había parecido una enorme boa. Era en realidad una migración de pequeños pececitos que todas las gentes de las orillas del río se apresuraban a pescar, entre canastos de ojos menuditos, que impiden que se escapen. Ayudé a recibir algunos canastos y las vacié en la olla más cercana y luego fui invitado a degustar la cena.

Son tan pequeñas las viuditas y migran rio arriba en cardumen tan compacto que parecen un solo cuerpo. De esa forma se camuflan para que no los ataquen otros peces mayores pero no pudieron escaparse de los canastos de mis amigos.

Aquella noche la aproveché para refrescar la leyenda de la Madre de Agua y otras nuevas y para degustar la viudita azada en sartén de barro, con sal, ají y patacón frito en aceite de Táparo.

Las cosas que me pasan a mí.                           

León M.N. Dic.2012
  


LAS COSAS QUE ME PASAN A MÍ



ESAS COSAS QUE A MI ME PASAN.




Capítulo I

A pesar de ser una persona no extraordinaria, y no por eso: ordinaria; en la vida me han ocurrido cosas extraordinarias. Una vez, por ejemplo, siendo muy niño, estaba solo jugando bolas en la calle en frente de mi casa. Era un día muy claro, yo estaba de cuclillas practicando un golpe a las canicas, que se tiene que dar, asegurando la bola de cristal entre el dedo pulgar y la uña del índice de la mano derecha y se sostiene con el índice de la mano izquierda para que no se caiga. La uña del índice flexionado, al estirarse lanza la canica con mucha fuerza y buena dirección. Durante muchos días practiqué, pero siempre algo me distraía y nunca pude perfeccionar la técnica.

En esta ocasión que les comento, lo que me distrajo fue ver en el suelo una gran cantidad de pequeñas sombras que pasaban como aleteando y cada vez eran más densas, al punto que el día se ensombreció. No podía ser una nube pues las sombras eran pequeñas y aleteaban. Un poco sorprendido por el fenómeno y por el silencio que en ese momento también era extraño, alcé la vista para ver lo que pasaba volando y proyectaba esas titilantes sombras en la calle.

Me quedé boquiabierto al ver nubes y nubes de mariposas que en bandada iban volando en la misma dirección. Eran tantas y sin duda venían de tan lejos, que unas se chocaban con otras, y muchas caían al suelo, en los árboles y en los techos. Corrí a coger algunas pues para mí las mariposas siempre han sido fascinantes.



Levanté la más grande de las que vi y que aun estaba chapaleando. La agarré por las paticas para no ir a dañarle las alas y así poder observarla mejor. Sencillamente era hermosa y desconocida para mí. No es que yo fuera un conocedor de las mariposas, pero por aquella época ya había empezado mi colección.

Tenía muchas de esas rojitas y cafés que abundan en los jardines de los pueblos. A las que uno puede ver muy fácilmente cuando despliegan su espiritrompa para chupar el néctar de las flores. Tenía también unas de esas grandes con alas azules tornasoles que dicen que es la más grande de América.

Tenía a la Monarca y una colección de transparentes de distintos colores. Me gustaba mucho la colección que tenía de la mariposa Ochenta y ocho, aunque era muy común. Conocía muy bien a esas de alas blancas y amarillo claro, que se pasan revoloteando entre las matas de coles y que debajo de las hojas ponen sus huevecitos muy bien filaditos y después de que revientan los huevos sale una gran cantidad de gusanitos a comerse las coles y a cagar bollitos verdes. Y es una dicha ver a los gusanitos de mariposas comer coles y a los pajaritos comer maripositas y a las gallinas comerse las hojas de col con huevos y gusanos y también comerse las mariposas.



Pero las que ese día estaban volando por mi pueblo, Armenia Mantequilla, era diferentes a todas las que había visto antes. Eran de alas muy estilizadas con rayas verdes y negras. De un verde brillante como de papel metalizado. Tenían como todas, dos grandes ojos uno a cada lado de su cabeza, unas largas antenas con pequeños pelitos como peines y sus patas eran muy delicadas, con el menor movimiento se les rompían.

Llevando mi nueva mariposa entre las manos y tratando de no ir a estropearla demasiado, subí hasta la parte más alta de la calle para poder ver mejor hacia dónde se dirigía esa enorme bandada de mariposas verdes y negras que no acababan de pasar. Vi que la nube era más ancha que todo el pueblo y que se extendía en ambas direcciones hasta perderse de vista sin que yo pudiera ver dónde terminaba.

Extrañado constaté que a la única persona que le estaba interesando ese fenómeno, era a mí. Las gentes del pueblo, los vecinos, seguían en sus oficios sin prestar atención, a aquello tan maravilloso que estaba sucediendo. Hasta me dio un poco de rabia ver que mis paisanos eran tan desinteresados que ni la belleza de las mariposas les llamaba la atención.

Estaba cavilando en esto, cuando vi que de la gran nube de mariposas viajeras, se desprendía una columna que se devolvió derechito hacia mí.

No tuve tiempo de reaccionar, en un momento me vi envuelto en un mariposerío que volaba dando círculos en torno mío. De pronto  la mariposa que parecía ser como la jefe de aquel batallón se posó a mi lado, me saludó con sus antenas, me acercó una de sus patas cubiertas de pelitos como de terciopelo negro, yo me agarré a ella y en lo que espabila un zapo ya estaba yo montado y cabalgando en al abullonado tórax de esa mariposa.

O la mariposa era tan grande que yo podía volar montado sobre ella, o yo me había vuelto tan pequeño en un santiamén, que podía ir sobre ella sin causarle el menor daño. La verdad no supe cual de las dos cosas había sucedido, lo cierto es que nos encumbramos por el aire. Iba yo en mi mariposa que aleteaba con sus enormes alas como abanicos, presidiendo la columna que me recogió de la Calle de los Tramposos en Armenia y rápidamente nos incorporamos al grueso de la columna que seguía volando rumbo al cañón del rio Cauca.




La altura a la que volábamos era tal, que no tenía como cerciorarme de mi real tamaño, pues desde allí todo: Las casas, los árboles, los caminos, las quebradas, el mismo río Cauca, se veía pequeñito. A veces el viento soplaba tan fuerte que las mariposas tenían que aletear más fuerte y se iban de lado como si se fueran a caer. Yo me agarraba fuerte a los pelitos del lomo de la que me llevaba y recordé que a las mariposas de mi colección, con solo rosarlas se les caían los pelitos de sus cuerpos, en cambio a los de ésta, me podía agarrar y sostenerme fuerte sin causarle ningún daño.

Desde esa altura pude ver todas las veredas y caminos de mi pueblo: El Guaico, Palo Blanco con sus fincas empinadas como sembradas a tiros de escopeta. Cartagüeño y Mojones con su monte lleno de helechos y tierra de capote. Con algunos potreritos salpicados de mortiños, helechos para chamuscar marranos y matas de lulumoco. La Horcona, sus llanos de La Montoya y el pozo represado donde nos bañamos los escueleros en días de paseo. Travesías y la improvisada cancha de futbol y la eterna tienda donde tomamos carta roja con pan de queso y marialuisa, La Quiebra, la Molienda y árboles de ciruelas y entre el rastrojo maticas de Mora de Zapo. El Ensenillal y los potreros de La Loma con palos de guayaba común, guayaba agria y guayaba de leche.  Murrapillal rodeado de palos de aguacate y cercado de matas de piñuelas, Sabaletas y su agua fría donde se pescan corronchos debajo de las piedras sumergidas. La Volcana con su laguna, sus juncales, donde chillan los paticos laguneros. La Herradura, sus cantinas, sus tiendas. Casas con solares con mangos, naranjas mandarinas. La Cagada y el camino empedrado que sube hasta el pueblo. La Estancia y palos de mamoncillos, cafetales sombreados con piñones grandes y con palos de guamas que al florear desde esta altura se ven todos blanquitos. El Diamante que con sus casas de agregados es como un pesebre en miniatura, La Tuerta, La Ciega, El Convento y Santa Rita: Tierra caliente que bordea el cauca con oasis de palmas de corozos, cercos de matarratón y vacadas que braman con la pereza que produce el sol del medio día y hasta la Barca de Cangrejo atravesando el Cauca con gente que va para Altamira. Y detrás de un matorralito, en una playita Blacina bañándose en pelota.

Cruzamos muy por encima del Cauca y Altamira y luego enrumbamos hacia Concordia que se veía llenito de cafetales. Llegamos sobre Betulia y luego apareció el Penderisco y Urrao. Allí fue donde a mi me fue cogiendo como miedito y le hacía señas a la mariposa para que nos devolviéramos, pues ya se estaba haciendo tarde y si me demoraba mucho en el paseo mi mamá se iba a preocupar y mi papá me iba a dar una cueriza, pues él, no me iba a creer que me habían secuestrado unas mariposas.

La Mariposa volteaba la cabeza a mirarme como extrañada y yo le gritaba que me llevara para la casa que yo tenía miedo. Al fin ella como que entendió, dio vuelta y nos devolvimos como por encima de Titiribí, pasamos como planeando en una ráfaga de viento por encima del Sillón, donde alcancé a ver que en una molienda ya estaban cocinando el guarapo para hacer panela. Y fue en un momentico que pude ver la plaza, la torre de la iglesia y la terraza de mi casa, y allí me dejó mi mariposa, para que nadie se diera cuenta del paseo.

Voltee la mirada a mi mano y pude ver que mi mariposa ya ni chapaleaba, se me había muerto entre mis manos.

Muy agradecido por el paseo que me había dado, la llevé hasta mi escaparate, saque el portalibros y de él: la Cartilla: Alegría de Leer y entre sus páginas la dejé sepultada para que me acompañara cuando yo hiciera las tareas.  

 León. Dic. 2012.